Huele a azufre, Hugo, aún huele a azufre…

Igual que con Bolívar, con Chávez las cosas cambiaron. Su locura fue fundamental. Hacer de su cuerpo el alma de El Libertador nos enseñó lo que es el sueño bolivariano

Nunca le vi como un intelectual, siempre le vi como alguien más agradable. Pero poseía toda la intelectualidad del mundo, los buenos maestros, el buen cine, y las buenas lecturas. Y sabía qué hacer con ellas. Barack Obama fue víctima de esa genialidad.
2013/ Marzo 7/ Por: Alexander Escobar

Un último discurso, un último mensaje para los pueblos bolivarianos hubiésemos querido escuchar. Es este el dolor más hondo que nos embarga: la ausencia de una despedida emotiva de quien unía pueblos como reinventando Sanchos y Quijotes.

Hablábamos de Bolívar siempre, de su gesta libertadora, del proyecto bolivariano. Y trabajábamos para ello, como aún lo hacemos. Pero no podemos mentir; no importaba qué tanto lo quisiéramos, qué tan duro trabajáramos en nuestras organizaciones, sectores o países, la materialización del proyecto continental era una tarea ardua que no tenía fecha, solo especulaciones que cambiaban año tras año a pesar de los avances.

Igual que con Bolívar, con Chávez las cosas cambiaron. Su locura fue fundamental. Hacer de su cuerpo el alma de El Libertador nos enseñó lo que es el sueño bolivariano: una obsesión libertaria que atraviesa el cuerpo y se vuelve fervor, palabra, consigna y acción revolucionaria.

Su locura fue torrente de lucha, de lucidez, de pasión que contagia y despierta a nuestra América. Organismos como el ALBA, UNASUR y la CELAC, fueron sueños materializados de esa locura de unidad bolivariana sembrada por Hugo Chávez.

En él las palabras eran la acción misma. Cada frase suya era un compromiso, un movimiento en las calles y montañas, la voz del pueblo bolivariano actuando en el poder. No eran sus discursos una forma de informar o dar balances de Gobierno. No, Chávez hacía algo más importante con las palabras, sus discursos eran el alivio de sentirse en las calles, la emoción de encontrar a su gente al volver de infinitas reuniones ministeriales y protocolarias.

Y muchos fueron los ataques recibidos por no hablar como intelectual postmoderno, por no dar discursos de mandatario prudente. Esto lo hizo aún más insoportable para la contrarrevolución, los intelectuales light, y el imperio norteamericano: la voz de un hombre preocupado más por las calles que por las academias, la imagen, y los salones sociales de la burguesía. No podía hablar de otra manera, porque siempre estuvo unido al pueblo, riendo, con cerveza en mano, con un tinto, quizá viendo un partido de futbol o de beisbol, o disfrutando una película mientras consolidaban el sueño continental bolivariano. Era para él la revolución un hecho cotidiano, y su palabra provenía del pueblo que derrota imperios y construye academias para las calles y montañas.

Nunca le vi como un intelectual, siempre le vi como alguien más agradable. Pero poseía toda la intelectualidad del mundo, los buenos maestros, el buen cine, y las buenas lecturas. Y sabía qué hacer con ellas. Barack Obama fue víctima de esa genialidad. Aún recuerdo a Chávez caminando hacia él, sonriente, con paso, ritmo y sabor caribeño, y llegar hasta su asiento para obsequiarle Las venas abiertas de América Latina en una cumbre de UNASUR. Fue aquel el acto simbólico más significativo en la historia reciente de nuestra América: recordar al imperio norteamericano que tenemos memoria, y que no olvidamos la infamia que representa su presencia en nuestro suelo.

“Huele a azufre” es la frase que no olvido, y veo su rostro a diario pronunciarla. Me recuerdan las advertencias de Bolívar sobre la llegada del imperio norteamericano. Jamás la olvidaré. Porque con Chávez aprendimos a sentir el olor del imperio, a resistirle, combatirle y derrotarlo. Así lo aprendimos en medio de la angustia de aquel mes de abril de 2002, cuando el olor del azufre se tomó a Venezuela. Lo aprendimos al calor de la lucha bolivariana que no claudicó ante la adversidad, y que acabó con el olor nauseabundo del golpe imperialista de 2002. Lo aprendimos en ese año y ese mes, cuando el pueblo venezolano volcado en las calles derrotó a las armas del imperialismo, sacó corriendo los golpistas del Palacio de Miraflores, y restituyó a su Comandante Presidente Hugo Rafael Chávez Frías.

No es invencible el imperialismo, es una de las enseñanzas que debemos a la bella locura de Hugo Chávez.

Aún huele azufre, querido Comandante, pero no será por mucho tiempo… Ahora tu alma y la de El Libertador habitan en cada cuerpo.

Marzo 7 de 2013


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