septiembre 2017
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El termino PAZ tiene múltiples interpretaciones según el tiempo, espacio y doctrina filosófica desde la que se interprete la realidad, por lo cual es importante aproximarnos a dicho termino reconociendo saberes locales y globales que rodean este complejo, pero esperanzador concepto. Hay muchos autores que han hecho investigación científica de la paz y la guerra como objeto de estudio; entre ellos encontramos al Noruego Johan Galtung, quien nos señala que para hablar de paz hay que primero conocer sobre las formas de violencia que se presentan en las sociedades, para dicho autor existen tres formas de violencias: las simbólicas, las estructurales, y las directas; por ende dos categorías de la construcción de la paz, la primera denominada como paz negativa que pasa por tramitar los conflictos que se  expresan por medio de las violencias directas (Callar los fusiles), como paso inicial para forjar una paz con mayores transformaciones culturales y estructurales que este teórico denomina como la paz positiva.

La definición de paz positiva dada por Galtung dialoga permanentemente con la justicia social que tiene su sustento en las premisas de que la paz debe representar justicia en la distribución de la riqueza (tierra, capital, trabajo) e igualdad en el acceso a derechos sociales, económicos, culturales y ambientales.

Galtung nos señala además que es en las violencias culturales y simbólicas donde se encuentra parte de las causas que dan origen y reproducen las violencias estructurales y directas; entre las violencias culturales podemos referir el patriarcado, el colonialismo, la ignorancia, la manipulación mediática, el racismo, la xenofobia, el desarraigo, entre otros.

Para el profesor Alfredo Molano la firma del acuerdo de paz de La Habana, Cuba, fue un paso fundamental para parar una guerra de más de 50 años entre las FARC y el gobierno nacional, generando un punto de inflexión histórico que abre la puerta para gestionar un conjunto de reformas sociales que dignifiquen la vida de los pobladores rurales y víctimas del conflicto armado.

Aunque dicho acuerdo de paz no represente el fin de la guerra en su totalidad, ya que aún existen otros actores armados en el país, y se avizora el incremento de la presencia neo-paramilitar en los territorios, si se observa un importante desescalamiento de la confrontación armada, y un compromiso de uno de los actores de pasar del escenario de confrontación político – militar al lugar meramente del debate de las ideas democráticas y civilizadas.

Desde la perspectiva del profesor Francisco Muños de la universidad de Granada, la paz es un proceso de construcción imperfecta es decir no tiene un punto de llegada, es el motor que mueve procesos de cambio y evolución humana.

Como segunda aproximación el término Arte que etimológicamente está relacionada con la creación, es el sustento para posibilitar otras formas de Sentipensar la construcción de otros mundos posibles. En nuestro caso el Hip - Hop cultura como movimiento consiente o Conciencia en Movimiento reconoce los centros urbanos como sus territorios espaciales inmediatos, aunque no se limita solo a estos, sino que se define como una comunidad global con presencia en los campos y ciudades, y como una colectividad con lenguajes, tradiciones, símbolos, y perspectivas comunes.

Como un componente de contextualización es importante señalar que el Hip-Hop ingresa a nuestro país hace varios decenios por medio de los inmigrantes latinos que viajan al norte de américa y retornan a Colombia con saberes culturales y espirituales de los afros pobladores de las tierras del norte, quienes fueron desplazados como fruto de la etapa del esclavismo formal. El Hip-Hop en sus raíces se constituye como una cultura que da voz a los marginados, y se reafirma por medio de la Declaración de Paz del Hip-Hop Como una comunidad de y para la paz, el amor, la justicia, y la sana diversión.

El tercer término de gran relevancia es el de historicidad que hace referencia a la historia y a la veracidad, esto implica un ejercicio de recuperación de la memoria a partir de procesos de verdad, que debe permitir relatar las historias de la Colombia profunda que ha sido marginada tanto en campos como ciudades, y describir las causas, efectos, y condiciones que generaron y prolongaron uno de los conflicto más largos del continente; y en dicho ejercicio las artes deben jugar un papel muy importante.  

Los artistas debemos asumir una postura más activa en el proceso de reconciliación de la familia colombiana; ha sido comprobado que en sociedades donde reina la polarización y el miedo, el arte por su capacidad de trascender fronteras geográficas, mentales e ideológicas, puede posibilitar escenarios de encuentro, de reconocimiento, y de catarsis, entre actores que antes se percibían como enemigos a muerte y que ahora se asumen como contrincantes de ideas.

El arte urbano para la paz, la memoria y la reconciliación no puede permitir ser absorbido por las dinámicas banales en las que nos sume el sistema hegemónico de mercado, este por el contrario debe reflejar los sentires y deseos de las comunidades a las que se pertenece y con las que se convive; el arte debe denunciar a esa sociedad con la que no se está de acuerdo y anunciar el deseo de construir una nueva y mejor sociedad para la paz, y la vida dignidad.

*Documento presentado en el conversarorio Construcción de paz en el arte urbano. Universidad del Valle, Cali, septiembre 18 de 2017.

Por: Jhon Freddy Grisales 

Una paz que se olvida del cine, es una paz que abandona su memoria, y de igual manera deja de contar su historia. Colombia es un espejo de esa tragedia. Aunque hay trabajos importantes, lo cierto es que su historia no ha sido contada a través del cine.

Para no pasar por alto esta tragedia, durante varios días la directora de cine Ana González permaneció en la zona veredal de La Elvira, ubicada en el municipio de Buenos Aires en el departamento del Cauca, donde excombatientes de las FARC transitan a la vida política, social, económica y cultural del país.

“El cine siempre va hacia el lado de la academia o el lado del entretenimiento, pero nunca va a los lugares a donde se tienen que contar las historias y a donde se tiene que crear un archivo de esto”, explica la directora.



Varios proyectos adelanta la joven cineasta: el ‘Cine club mujeres empoderadas, mujeres cineastas’, el ‘Taller de correspondencias laboratorio cinematográfico’, y el ‘Cine como arma revolucionaria’, son algunos de los trabajos con los que viaja, siempre acompañada de la Muestra Internacional ‘Mujeres, subversión en la imagen experimental en movimiento’. Todos sus proyectos están enfocados a la construcción de archivo audiovisual y fortalecimiento de la memoria.

“Aquí, en la zona veredal (de la Elvira) tienen muchísimo archivo y tienen muchísimas historias que contar, tienen una memoria que los medios de comunicación están invisibilizando; los medios de comunicación, la pedagogía, el mismo Gobierno está negando que ellos y ellas cuenten sus historias. Entonces es súper importante que las personas tengan un acceso a esa información y un acceso a ese conocimiento”.

Mientras estuvo en la zona, Ana viajó y caminó por el territorio desarrollando actividades en veredas y corregimientos, sin dejar de lado otro de los objetivos de su trabajo: recuperar la memoria e importancia de la mujer en la historia del cine y la sociedad. Por ello nunca olvida a Alice Guy, primera directora de cine que, en abril de 1896, con su película El Hada de las Coles, dio vida al cine de ficción. Sin embargo, su nombre, al igual que el de otras mujeres, estuvo desaparecido de la historia.

“A las mujeres nos ven como madres, como hijas, pero nunca como artistas, como creadoras, como directoras, como eso… Siempre estamos invisivilizadas. Las mujeres no ocupamos una cuota dentro de la historia, y nunca nos quieren poner dentro de los libros y en ese tipo de cosas”.

Gracias al cine, comunidades y excombatientes de la guerrilla compartieron experiencias y saberes. Yuheni Izquierdo, exguerrillera de las FARC, cuenta cómo conoció a Ana.

“Cuando yo me encontré a Ana, ella me comentó que trabajaba con mujeres, sobre todo defendiendo los derechos, mostrando que hay una forma de ver el cine también para articular en los territorios. Y eso me llamó la atención. Y como yo siempre he estado haciendo lo mismo, avanzando con las mujeres de los territorios, me pareció que teníamos unas ideas muy particulares”, recuerda Yuheni.

Las FARC ahora convertido en partido político, como Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, igualmente enfocan su trabajo hacia la cultura y en realizar pedagogía sobre el Acuerdo de Paz. Implementando cine-foros en veredas y corregimientos adelantan actividades con las comunidades para defensa de los acuerdos que hoy el Gobierno incumple.

En las FARC, manifiesta Yuheni, “siempre hemos pensado que es importante que sigamos produciendo esos cine-foros que sirven como forma de enseñanza didáctica, que por medio de ellos podemos impulsar y articular el proceso de las mujeres en los territorios”.

Durante varios días las imágenes en movimiento fueron detonante de ideas y resistencias para comunidades y excombatientes que, ahora, también son comunidad. Con experiencias, nostalgias, alegrías y afectos inesperados el cine sacudió sus vidas.

Para Yuheni, las experiencias con el cine le enseñaron “que hay otra arma más potente para mostrarla a los territorios que se puede hacer por medio de un celular, para grabar en una cámara; o sea, que no lo desconocíamos pero que juntas hemos intercambiados saberes y es muy atesorable”.

Ana González, también expresa cómo la afectó la experiencia:

“Para mí fue también súper poderoso encontrar más mujeres en las resistencias y en las luchas, sobre todo con Yuheni encontrar una mujer que ha pasado por diferentes cosas que deja una guerra y que, a pesar de eso, es una persona valiente que todavía sigue luchando y que tiene la sororidad, tiene la sororidad en el sentido de que se articula con otra mujer y más mujeres para hacer cambios entre nosotras mismas”.

Es claro que hoy el cine además debería sacudirnos al saber que las FARC cumplieron al dejar las armas, mientras el Gobierno incumple los puntos del Acuerdo de Paz y permite que el paramilitarismo asesine a líderes sociales y excombatientes. 

¿Saldará el cine colombiano su deuda con la memoria, con la historia del país, y documentará oportunamente estos hechos? Es momento que la imagen salga de la quietud y recobre el movimiento en favor de la vida y derrote al silencio, esa petrificación cómplice de quienes se vendieron a la infamia y censura de un modelo político y económico que impone solo muerte y miseria 

Por: Alexander Escobar

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