La idolatría por el verdugo

La guerra pasa en medio de debates infantiles entre comunistas, anarquistas y librepensadores.

“De momento, quisiera tan sólo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder que el que se le otorga…”
Étienne de la Boétie,
El discurso de la servidumbre voluntaria

Los espacios más íntimos de la sociedad han sido invadidos y colonizados. Décadas de envenenamiento mediático intoxicaron a varias generaciones dejándolas incapacitadas para decidir sus destinos. Viviendo en un simulacro actúan creyéndose libres, pero solo representan un libreto que dispara sus sentimientos más bajos para reproducir esclavitud.


Familia y práctica religiosa, lugares comunes para la sociedad, hoy aparecen tomadas por los medios de comunicación que instalaron un paraíso artificial que encubre sus infiernos. Actuando como morfina, el televisor predica y adoctrina con inyecciones de verdad y mentira montadas a conveniencia, con dosis manipuladas donde el que protesta siempre será enemigo, y el que reprime, perpetuando la injusticia, la figura a imitar.

La moral, pilar fundamental de discursos familiares y religiosos, fue derribada y sustituida por una sociedad que utiliza a la Iglesia como fachada para ocultar el desprecio por el prójimo, por el pensamiento crítico, todo gracias a inyecciones de odio inoculadas por los medios de comunicación.

Ir a misa, orar y persignarse, para luego votar en contra de la paz y reconciliación, es muestra del fracaso de los preceptos clásicos familiares y religiosos, espacios íntimos de la sociedad colombiana capturados por la inmoralidad mediática que sirve para perpetuar la impunidad y el desprecio por la vida, en tanto que asistimos a la tragedia de una sociedad donde la imagen del héroe fue sustituida por la del villano.


Narconovelas y series como los Tres Caínes llegan para completar el trabajo trazado por la infamia. Utilizando la ficción construyen guiones con elementos dramáticos para manipular emocionalmente el imaginario del televidente que termina identificándose y justificando el accionar de paramilitares y narcotraficantes.


No es extraño entonces que los perfiles del verdugo se impongan para gobernar la sociedad. Porque no solo se trata de un pueblo engañado que elige y reelige a quienes le condenan a la miseria; un hecho más grave sobresale: la idolatría de la sociedad por la imagen del narcotraficante, el paramilitar y el verdugo con partido político que se perpetúa en el poder.

Criminales con poder son los héroes que el televisor impuso. No importa cuán número de pruebas corroboren la criminalidad del verdugo, es por su prontuario de impunidad que la sociedad lo acompaña, lo festeja y alienta para que continúe la senda criminal para perpetuar el statu quo.

Inútil puede parecer cualquier intento de pedagogía que explique las bajezas de los criminales que gobiernan. Décadas de intoxicación convirtieron a la sociedad en un paciente crónico adicto a la morfina de los medios de comunicación. Pocos pacientes se rehabilitan…

Generaciones aún en gestación requieren atención. Ahí, donde la adicción aún no es crónica, se definirá esta guerra que siempre ha sido no convencional y desigual, guerra que transcurre en medio de debates infantiles entre “comunistas”, “anarquistas” y “librepensadores” que en redes sociales compiten por el premio a La mejor frase publicada o El mejor libro en PDF compartido, concursos hechos para congregar egos incapaces y fracasados cuando se trata de movilizar al pueblo en las calles.

Los últimos levantamientos populares en Latinoamérica han sobrepasado, aunque no excluyen, las claridades políticas, sus ideologías y vanguardias. Cuando éstas no contextualizan sus experiencias con las emotividades de un pueblo que vive en la miseria, que acepta su condición y verdugos como un hecho normal e irremediable, simplemente las ideologías continúan siendo debates que proponen un modelo de sociedad sobre otro, sin que ninguno haya logrado el respaldo popular.

Ahora sabemos que no basta proponer un modelo de sociedad justificado en toda la ideología del universo. El éxito de la lucha popular hoy radica en qué modelo y propuesta, dependiendo del contexto e idiosincrasia, logra movilizar al pueblo colombiano por encima de nuestros egos ideológicos, partidos y modelos preestablecidos de sociedad, modelos a los cuales tendremos que renunciar o aplazar para apoyar aquel que logre congregar la indignación y rebeldía para tomarnos el poder en las calles, o por lo menos el Gobierno.

Por: Alexander Escobar

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