2019
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A medida que se habitan distintos espacios de la vida, y se reconoce el efecto persuasivo de las líneas discursivas hegemónicas de los medios de comunicación, no es difícil vislumbrar que la importancia de los discursos que escuchamos a diario está determinada no tanto por lo que dicen, sino por lo que callan. Esta mirada podría ser una de las experiencias más representativas que atraviesa el quehacer de los medios alternativos en Colombia.

Faltan voces, imágenes, palabras y otros modos de ver el mundo en lo que escuchamos, vemos, leemos y, conforme se imponen las necesidades del mercado, a través de un modelo político que rinde culto a la acumulación de capitales por encima de la vida, hasta falta volver a desear, o quizá solo se trate de desear mejor. Decirlo no es una exageración, porque finalmente encontramos discursos que lograron violentar y colonizar los espacios más íntimos de la sociedad.

Hace solo tres años vimos cómo un importante porcentaje de la población votaba en contra de la paz, diciéndole no a la refrendación del Acuerdo Final entre la exguerrilla de las FARC y el Gobierno que finalizaba una guerra de más de cincuenta años. Esto se presenta a manera de una radiografía que muele los huesos, que los vuelve polvo dejando escombros de una sociedad inmensamente religiosa que va a misa, se persigna y ofrece un saludo de paz, que tiene el perdón y la reconciliación como uno de los pilares fundamentales de la doctrina religiosa.

Son este tipo de ejemplos los que nos dicen que enfrentamos un tipo de discurso, enquistado durante décadas, que colonizó algo tan íntimo como la religiosidad de las personas, provocando acciones ajenas a la espiritualidad que les convoca, acciones contrarias a la paz, la reconciliación y el perdón.

Nos hallamos entonces ante un discurso que además de desconocer, omitir la multiplicidad de rostros que componen la sociedad, centra su carácter agresivo en lograr que quienes no están representados terminen asumiéndolo como propio. Por tanto, no es una simple omisión, una accidentalidad y, menos, una improvisación. Es una decisión profundamente política que impone determinados intereses sobre poblaciones que asumen algo ajeno como verdadero y creíble, un artificio que no se forjó al calor de lo múltiple, al fuego de lo colectivo, y que nos dejó a merced de una verdad simulada y fría.

Cuando pensamos en el conflicto interno colombiano en relación a los medios de comunicación, convertidos hoy en corporaciones mediáticas, los análisis van más allá de la simple producción de información y contenidos sobre los hechos de la guerra. Hay otras implicaciones, puesto que están asociados a un proyecto político determinado por sectores de la economía; o expresado de otro modo, éstos tienen como tarea ser una extensión más del ejercicio del poder de quienes son sus dueños, trayendo consigo un desequilibrio, una correlación de fuerzas desfavorable representada en el monopolio de la audiencia del que gozan para imponer contenidos, temas, discursos y, en últimas, una ideología.

Para los medios alternativos esta situación no es un redescubrimiento, ni un hecho novedoso, pero sí un reto diario de sobrevivencia, una lucha que si no se reinventa constantemente, perece. Estamos inmersos en una guerra mediática, en términos literales, donde la vida está en juego cuando perdemos batallas que tienen como fin el posicionar la salida dialogada al conflicto colombiano, cuando la voz de la guerra se impone y continúa cegando vidas y hace de la sangre el festín de una ideología que se perpetúa a través de gobiernos, o minúsculos sectores de la sociedad, que se alimentan de la desigualdad, el odio y los crímenes de Estado.

Volver nuestra mirada hacia las voces y rostros que son marginados por estos discursos que el poder impone como verdad simulada, no es simplemente una cuestión estética que aporta a la construcción equilibrada del nuevo relato nacional de los hechos que rodearon el conflicto colombiano; en un contexto de guerra mediática prolongada, de correlación de fuerzas desfavorable, hacerlo es un acto de resistencia para los medios alternativos que ven en la verdad del conflicto un escenario en el que no es suficiente que la verdad “exista” como un relato “equilibrado” de la guerra, además se requiere que ese relato sea un espacio habitable, cotidiano, que confronte en todos los espacios de la vida a los discursos que se erigen suplantando las voces de pueblos y comunidades.

¿Cómo se manifiesta esa verdad del conflicto en las calles, la protesta social, y la vida rural donde la guerra se mantiene generando víctimas de forma directa? La verdad no se construye o reconstruye solo a partir de hechos pasados, no narrados, omitidos o tergiversados. La verdad habita y se manifiesta en resistencias que la viven, aún sin que ésta haya sido documentada o alguien les dijese que la verdad es lo que les mueve.

Para las comunidades y grupos humanos que padecen el conflicto y luchan por cambiar el orden de iniquidad que gobierna, verdad y dignidad son cuestiones inseparables. Sin la dignidad de quienes luchan no habría espacio habitable para que la verdad tenga vida. Es una verdad que se lucha, que se vive de manera digna.

Podría llegar a pensarse que resulta excluyente y reduccionista asociar verdad y luchas sociales de forma privilegiada para el análisis. Sin embargo, lo hacemos afirmando que el conflicto interno, la guerra en Colombia, no ha terminado, y el actual Acuerdo de Paz es un escenario para la búsqueda de verdad con particularidades para las víctimas, y otras que les cobija y nos dan puntos de referencia para la no repetición, o superación, en algún momento, de la guerra.

Es cierto que muchas de las víctimas del conflicto jamás solicitaron ser parte de la guerra y, de igual modo, tampoco fue necesario que participaran de lucha social alguna para sufrir la crudeza del conflicto interno. Familiares que buscan a sus seres queridos, que preguntan por qué fueron asesinados o desaparecidos, requieren respuestas que gracias al Acuerdo de Paz pueden o podrán responderse si se cumple a cabalidad lo pactado en la Jurisdicción Espacial para la Paz (JEP), la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), instancias o espacios creados para avanzar en este sentido.

No obstante, debe decirse, a riesgo de parecer insensibles, que la verdad del conflicto está conectada, hace parte, pero sobrepasa la verdad de las víctimas que en algunos casos responde a particularidades propias de cada situación vivida.

Las víctimas exigen respuesta y esto no es aplazable. Responderles significa reconocer la deuda de una sociedad que privilegió la vida de unas personas por encima de otras, que dejó de mirar lo que ocurría por conveniencia, o porque simplemente era más cómodo vivir en la burbuja de confort que ofrece la democracia virtual del televisor, o por estar sumergidos, hoy por hoy, en la fascinación de las pantallas de sus teléfonos celulares.


A esta realidad del conflicto también es necesario añadir que la verdad de las víctimas hace parte de una verdad de fondo que no terminó con la firma del Acuerdo de Paz, y que tampoco culminó o se quedó quieta en el contexto o tiempo que vivimos. Porque las causas que originaron el conflicto interno persisten y han prolongado la guerra, su voracidad, así como los crímenes de Estado. Y en respuesta, no es extraño que la protesta y lucha social se mantenga como una verdad que se vive a diario, que se documenta y se cubre por los medios alternativos, pero que no se archiva como un hecho superado.

Ahora bien, ¿por qué la insistencia en nombrar la guerra cuando son la paz, la verdad, y la reconciliación algunos de nuestros objetivos? Sencillamente porque ésta persiste, y no se puede omitir o maquillar su crudeza, del mismo modo que no se puede dejar de mostrar aquello que dificulta el camino. No es una apología al conflicto interno ni una forma de minimizar el trabajo de quienes trabajan por la paz. Hoy hablamos de la guerra de la misma manera que lo hacíamos mucho antes de firmado el Acuerdo de Paz, cuando hablar de salida dialogada y política al conflicto, reconociendo la crudeza de la guerra, era motivo de señalamiento, de estigmatización y persecución.


Por eso los medios alternativos hoy continuamos hablando de la guerra. Hay diferencias en comparación a años o décadas anteriores, pero la necesidad de discutir sobre ello, en relación al Acuerdo de Paz, y por fuera de éste cuando es el caso, es una verdad en disputa que varía según la voz que la narre o la manipule según sus intereses.

En medio de esa disputa de los discursos de la guerra están los medios alternativos, reconociendo lo que callan y a quienes desconocen el rostro en los territorios de la Colombia profunda y las calles que viven el conflicto, que resisten a políticas gubernamentales de iniquidad, prolongación de la guerra, criminalización de la protesta social y paramilitarismo.

Los medios alternativos se mueven en este tipo de escenarios donde actualmente las líneas discursivas del Gobierno imponen una verdad simulada que omite términos y frases como “paramilitarismo”, “asesinatos sistemáticos”, “causas sociales que originaron el conflicto”, y otras artimañas del lenguaje que no podríamos analizar si todo se redujera solo a la producción de contenidos periodísticos.

El análisis de los discursos también mueve el quehacer de la comunicación alternativa, popular, dando elementos para la creación periodística y cuestionamiento de verdades impuestas, entendiendo que la verdad es un ejercicio de poder capaz de desconocer hechos como la masacre ocurrida en El Tandil, vereda ubicada en zona rural de Tumaco (Nariño) donde, el 5 de octubre de 2017, la policía disparó de forma indiscriminada, asesinando a siete personas y dejando cerca de 27 más heridas que protestaban contra la erradicación forzada de cultivos de uso ilícito, al tiempo que exigían cumplimiento del punto 4 del Acuerdo de Paz que establece mecanismos para la sustitución voluntaria.


Esa verdad simulada del poder hoy mantiene este caso en la más grotesca impunidad, al punto de lograr que la masacre dejara de ser investigada por la justicia ordinaria y pasase a ser tratada por la justicia penal militar, algo que convierte a los responsables en juez y parte que se investigarán a sí mismos como forma de garantizar un resultado favorable para los crímenes de Estado.

Pero si la verdad es un ejercicio de poder que imponen quienes lo ostentan, en este caso el Gobierno que además posee el monopolio y uso de las armas, para las víctimas y luchas sociales la verdad emerge como un ejercicio de dignidad. En este sentido, planteamos la verdad como aquello que no existe por sí misma, no hablamos de la verdad para la verdad, sino de la verdad como un territorio habitable que se construye, y que si no se habita ni se defiende es usurpada, tergiversada y manipulada por el poder.

Los medios alternativos nos ubicamos en esa verdad habitable que defienden las luchas sociales, que se vive como un territorio de mentalidades que confronta discursos hechos, e impuestos, para desconocer el rostro de comunidades y poblaciones enteras que luchan contra la injusticia y en favor de un mejor vivir.

Por eso sabemos que no basta que la verdad exista, que además de hoy contar con un importante documento de 800 páginas, realizado por la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, que describe un relato equilibrado de la guerra en Colombia, se requiere que la verdad se viva en lo cotidiano, se recree y defienda para que no muera ni sea usurpada por poderes que viven de la injusticia, la explotación humana y que, además de imponerse con discursos posicionados por sus medios de comunicación, se perpetúan con fuerzas o ejércitos irregulares como el paramilitarismo.

Son estas algunas de las discusiones que nos indican que, más allá de la producción de contenidos periodísticos, a los medios alternativos asimismo nos asiste la tarea de no olvidar que hacemos parte de la conciencia crítica de la época, algo que incomoda no solo al poder de la verdad simulada, sino también a gente lejana y cercana, y que podemos observar en temas como el Acuerdo de Paz, cuando afirmamos que éste, definitivamente, fue traicionado por el Gobierno.

Que la verdad se habite, se viva y defienda es nuestra garantía para que la memoria no se confunda con hechos históricos rescatados del olvido que solo consultamos, con nostalgia, tratando de encontrar o recuperar infructuosamente la nuestra, o como forma de disimular nuestra impotencia. Es la memoria un territorio habitado entre lo que hemos sido y aún no somos, de rostros que quisieron apagar pero que alumbran un territorio de luchas compartidas, que no omite trochas ni calles para caminar hacia la paz y reconciliación, un encuentro de territorios para defenderse, resistir, derrotar y superar con dignidad la guerra que nos suplanta, borra y expropia lo más querido.

Por: Alexander Escobar

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Documento de discusión presentado en el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, realizado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP). Popayán, octubre 11 de 2019.

Este fin de semana se realizó en Popayán (Cauca) el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, organizado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP), y el cual se desarrolló en la Universidad del Cauca a través de dos paneles de discusión.


El primer panel, El papel de los medios de comunicación en la construcción de verdad, reconciliación y no repetición, contó con la participación del reconocido periodista Jorge Enrique Botero, Luis Alfonso Mena (exdirector de PaZífico Noticas y director de Periodismo Libre), Carlos Alberto Pérez (Radio Comunitaria de Cajibío), José Marulanda (Unicauca Stereo), Luis Eduardo Jiménez ( Red de Artistas Populares del Suroccidente - RAPSO), Elkin Sarria (Contagio Radio y Periodismo de Verdad), y Alexander Escobar (Red de Medios Alternativos y Populares - REMAP).



“El balance es muy positivo. Se conocieron diversas experiencias, dificultades y logros de los medios alternativos, el periodismo independiente, y el trabajo de la cultura en favor de la verdad y la paz del país. De igual modo, se reconoció que la guerra persiste en Colombia, y la necesidad de visibilizar esta situación hasta que pueda superarse, es decir, visibilizarla para entender la importancia de la no repetición de la guerra”, afirmó Alexander Escobar de REMAP.

Sobre el papel que desempeñan los medios alternativos en Colombia, el comunicador además indicó que éstos "visibilizan los rostros y problemáticas que los medios tradicionales ocultan, omiten o tergiversan para excluir de la política y el poder a las distintas voces que componen la sociedad. A diferencia de éstos medios, la prensa alternativa sirve al pueblo, al interés colectivo, y no al interés particular de quienes se perpetúan en el poder".

Para el segundo panel, Verdad, memoria y reconciliación en el suroccidente colombiano, el Encuentro contó con Carolina Charry (familiar exdiputados del Valle), Óscar Salazar (Proceso de Unidad Popular del Suroccidente - PUPSOC), Jorge Enrique Botero, Charo Mina (Proceso de Comunidades Negras - PCN), José Domingo Caldón (Consejo Regional Indígena del Cauca - CRIC), el Mayor Cesar Maldonado (Fundación Militares por la Reconciliación), y Pablo Catatumbo y Matías Aldecoa (Partido FARC).

Durante el panel se vivió un ambiente de fraternidad que permitió que representantes de comunidades, organizaciones sociales, victimas, exguerrilleros y militares, se encontraran sin odios, y dando ejemplo para la reconciliación del país, oportunidad que se abrió gracias al proceso de paz entre la exguerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano.

Al igual que en otras oportunidades, exguerrilleros y hoy integrantes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), aprovecharon el espacio para pedir perdón a las víctimas del conflicto, al tiempo que reseñaron la importancia de la verdad para que la reconciliación y la paz sean un proceso exitoso en el país.

“Yo he asumido la paz desde esa búsqueda de la verdad y la reconciliación para lograr algo mucho más importante que es las garantías de que esto (la guerra) no se vuelva a repetir”, expresó Pablo Catatumbo, comandante exguerrillero y hoy Senador en representación del partido FARC.

El Encuentro también fue un espacio para el arte, la cultura, como un motor de construcción de paz, sentido crítico y reflexión en pro de la verdad y la reconciliación. En este sentido, se presentó el mural Que florezca la memoria, realizado en el marco del Encuentro por artistas que integran los colectivos L’etincelle y Monareta. De igual modo se presentó el performance Entre el espanto y la ternura, a cargo del grupo El Teatro Vive.

Finalmente, las actividades concluyeron con una velada artística que contó con presentaciones musicales de la Red Hip-Hop de Sevilla, el grupo de música latinoamericana Canto Sur, y la Red de Artistas Populares del Suroccidente (RAPSO), entre otros.

“Las expresiones artísticas juegan un papel fundamental en los procesos de verdad, memoria y no repetición de la guerra en el país. Trabajando desde distintos escenarios, como lo ha sido este encuentro, hemos venido aportando a la paz y reconciliación. Como artistas no solo estamos para el entretenimiento; con nuestro quehacer también desarrollamos un papel político para construir sociedad”, manifestó Ana Rosario Grisales de la RAPSO.

Redacción REMAP


Un grupo de reincorporados de la exguerrilla de las FARC, organizados en la Cooperativa Multiactiva Construyendo Ilusiones para la Paz (Coopripaz), vienen desarrollando diversas actividades con comunidades que le apuestan a tejer lazos de reconciliación y paz en el territorio.

En esta oportunidad, el escenario que sirvió para estrechar lazos fue el futbol, deporte del que los días 13 y 14 de octubre disfrutaron en la cancha de Polvo Rojo, ubicada en el barrio Alto Nápoles de la ciudad de Cali, y donde decenas de personas se dieron cita para ver cómo el futbol se convirtía en un escenario de paz.

Allí hinchas del deportivo Cali, del América, del barrio Terrón colorado y reincorporados de FARC, jugaron el torneo que denominaron ‘Clásicos por la Paz’, que culminó con la victoria de los hinchas del América.

Sin embargo, independientemente del resultado, lo importante es que este escenario permite continuar el camino que fortalece los lazos comunitarios en que se encuentran excombatientes y comunidad.

“Estas actividades nos permiten construir desde los territorios, demostrar que sí es posible gestar cambios, y que en estos pequeños actos en los que se unen quienes combatimos en la guerra y diferentes sectores de la comunidad está la posibilidad de ir consolidando la paz y la reconciliación”, manifestó al final de la jornada uno de los miembros de la Coopripaz.

Redacción REMAP

La Fundación Cultural Polvo Rojo y la Cooperativa Multiactiva Rescatando Ilusiones por la Paz (COOPRIPAZ) invitan a todos los medios de comunicación y la comunidad en general a participar de la iniciativa Clásicos por la Paz, evento deportivo que se realizará en Cali este domingo 13 y lunes 14 de octubre en el sector de Polvo Rojo, en el barrio Alto Nápoles, calle 2b con carrera 80.

La actividad contará con la participación de equipos de fútbol de los barrios Siloé y Terrón Colorado, hinchas del deportivo Cali y América de Cali, así como equipos de excombatientes de las FARC y el Ejército colombiano.

“Ésta es una propuesta que surge desde el movimiento popular urbano para la construcción de una ciudad con entornos de paz para la vida digna”, explicaron sus organizadores.


El viernes 11 de octubre se realizará en la ciudad de Popayán (Cauca) el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, convocado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP). La entrada es totalmente libre.

La cita es a partir de las 8:00 de la mañana en el auditorio principal de la Facultad de Ciencias Contables, Económicas y Administrativas de la Universidad del Cauca, ubicada en la carrera 2A con calle 15n.

Al encuentro asistirán personalidades del mundo del periodismo independiente como Jorge Enrique Botero y medios alternativos y procesos culturales de los departamentos de Valle, Cauca y Nariño que participarán del panel El papel de los medios de comunicación en la construcción de verdad, reconciliación y no repetición, a desarrollarse en horas de la mañana
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“El encuentro busca visibilizar otras voces del mundo de los medios y la cultura que han vivido el conflicto colombiano o han estado informando y construyendo procesos que son experiencias importantes para la superación de la guerra, y que también son un gran aporte a la verdad, la memoria y reconciliación del país”, explicó Sandra Castro de REMAP.

El evento además contará con Carolina Charry (familiar exdiputados del Valle), el Mayor Cesar Maldonado (Fundación Militares por la Reconciliación) y Pablo Catatumbo y Matias Aldecoa (Partido FARC). También estarán representantes del Proceso de Unidad Popular del Suroccidente (PUPSOC), el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y el Proceso de Comunidades Negras (PCN), entre otras organizaciones.

“Para superar la guerra en Colombia es importante brindar espacios de encuentro para la palabra y la reconciliación; por eso en horas de la tarde el encuentro contará con el panel Verdad, memoria y reconciliación en el suroccidente colombiano, donde escucharemos distintas voces que explicarán, de primera mano, lo que el proceso de paz a traído a sus vidas y las dificultades que persisten aún”, indicó la comunicadora.

La jornada concluirá con la presentación oficial del mural Que florezca la memoria, realizado por artistas del suroccidente que integran colectivos como L’etincelle y Monareta, actividad que dará apertura a la velada cultural del evento que iniciará a partir de las 6:00 de la tarde con un acto simbólico a cargo de la Red de Aristas Populares del Suroccidente (RAPSO).

El encuentro es apoyado por organizaciones e instituciones como la Universidad del Cauca, y quienes deseen más información podrán comunicarse al 316 2677177, o escribiendo a remapvalle@gmail.com.

Redacción REMAP




Este lunes, 30 de septiembre, el movimiento Defendamos la Paz, integrado por diversos partidos, movimientos y sectores sociales, denunció que el Gobierno colombiano adelanta una política de desmantelamiento contra el acompañamiento internacional que verifica el cumplimiento del Acuerdo de Paz firmado entre el Estado y la exguerrilla de las FARC.

“El movimiento Defendamos la Paz rechaza la hostilidad del Gobierno del Presidente Duque hacia los miembros de la arquitectura de verificación y acompañamiento internacional del Acuerdo de Paz. Se trata de marginación y distanciamiento en el mejor de los casos y de señalamientos y acusaciones en el peor de ellos”.

Defendamos la Paz resalta los ataques del Gobierno contra países garantes como Cuba, al cual ha exigido la “entrega de los comandantes del ELN en La Habana, en violación de un protocolo firmado por el Estado colombiano” durante la mesa de diálogo que entabló con este grupo guerrillero, hecho que utiliza para “socavar el papel de Cuba en el proceso de paz con las Farc”, indica el comunicado, y advierte que el Gobierno adelanta una política hostil que se inclina a romper relaciones diplomáticas con este país.

Otros países como Noruega también han sido víctimas de esta política de desmantelamiento al excluirle de “visitas de importancia para la implementación”, y la participación de personalidades como el expresidente uruguayo José Mujica ha quedado paralizada.

De igual manera informan que la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI), conformada por integrantes del Gobierno y Farc, “ha perdido relevancia”; y la Oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, encargada de la verificación de la situación de derechos humanos en el marco del Acuerdo de Paz, en riesgo de no continuar en Colombia por desinterés del Gobierno a “extender su mandato”.

Finalmente Defendamos la Paz agradece a la comunidad internacional “su compromiso con la paz”, y denuncia la postura del Gobierno que en la forma aparece en favor de la paz para conseguir recursos, pero que en el fondo se muestra en contra de los anhelos del país al estar desmontado “el grueso del Acuerdo” de Paz.

Colombia necesita una política exterior de paz y no de guerra, una de diálogos y no de rompimientos”, concluye el comunicado.

Redacción REMAP | Foto: Presidencia de la República

“Los libros que el mundo llama inmorales
son los que muestran su propia vergüenza”.
Oscar Wilde

El miedo opera como una dictadura del silencio “persuasivo” que trae consigo reacciones insensatas, análisis apresurados o acomodados, exilio y, en el peor de los casos, permisividad, ocultamiento, traición y complicidad. Las dictaduras militares conocen bien su efectividad: imponiendo ríos de sangre despejaron el camino para la llegada de la plaga neoliberal y la continuidad de sus verdugos en el poder bajo fachadas que hoy llaman “gobiernos democráticos”.

En Colombia, al igual que sucede en otras partes del mundo, el miedo continúa cumpliendo su función “persuasiva”. Pero lo hace de manera más compleja. Porque nos encontramos sobreviviendo no solo al terrorismo de Estado, además la sobrevivencia hoy se enfrenta a discursos de paz de algunos sectores de la academia y la izquierda que, luego de convertir el Acuerdo de Paz en una agenda para la “buena imagen”, actúan bajo libretos de posturas ligeras y temerosas de ser asociadas con discursos que “justifiquen” un “volver a las armas” o, con toda razón, porque persiste el miedo a ser víctimas de un montaje judicial que termine vinculándoles con las nuevas disidencias de las FARC.

Hablamos de “agenda para la buena imagen” en mención al Acuerdo de Paz no para desacreditarlo o desconocer su importancia, lo hacemos refiriéndonos a la forma en que éste se menciona, a pesar del incumplimiento por parte del Gobierno, de tal modo que pareciera que no fue traicionado, trayendo consigo la elaboración de discursos únicamente preocupados por mantener una imagen pacifista estereotipada, derivados también del miedo a perder votos, o del temor a ser señalado como un pesimista malintencionado “enemigo de la paz” que añora la “lucha armada” y el “terrorismo”.

Tampoco lo hacemos desconociendo la entrega y cumplimiento de los exguerrilleros y exguerrilleras que, en medio de la adversidad y el terrorismo de Estado, están dando todo de sí, con logros importantes para construir una nueva sociedad en paz y con justicia social. Sin embargo, no puede negarse que lo que nombramos como “incumplimiento”, por la magnitud y reincidencia política de no cumplir lo pactado, implica que estamos ante un Acuerdo de Paz traicionado por el Gobierno.

Resulta necesario entonces diferenciar entre voluntad de paz, la lucha para que ésta se materialice con justicia social, y un Acuerdo de Paz traicionado que deja cerca de 150 excombatientes asesinados, y cientos de prisioneras y prisioneros políticos de la FARC que, después de casi tres años de firmado el Acuerdo, aún permanecen en las cárceles.

Es claro que se lucha para que se cumpla lo pactado, pero esto no implica que el Gobierno no tenga trazada una política, un proyecto de ultraderecha, que traicionó la voluntad de paz de quienes dejaron sus armas, al igual que se burló de los sectores de la sociedad que le apostaron y apuestan a este proceso.

La situación que genera este escenario, paradójicamente, provoca un efecto similar, con todas sus diferencias, al vivido durante los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez. Recordemos que ser estigmatizado, señalado de ser “proclive al terrorismo” y “simpatizante de la guerrilla”, fue el discurso posicionado por el Gobierno de Uribe contra organizaciones sociales y de Derechos Humanos que luchan por la paz –y el fin de la guerra– a través de la salida dialogada al conflicto interno colombiano.

El miedo a hablar y analizar sin clichés las implicaciones que deja un Acuerdo de Paz traicionado hoy provoca solo lejanía, distanciamiento de las voces que en otros momentos habrían tenido un discurso muy distinto al que están posicionando.

Las nuevas disidencias

Tras el anuncio de ‘Iván Márquez’ y otros mandos de las FARC de retomar las armas, las reacciones inmediatas de algunos sectores que han vivido o estudiado el conflicto colombiano parecían más una respuesta teatralizada, basada en un guion preestablecido producto del miedo, que una postura consecuente con la historia y la memoria, en tanto que no era sorpresa que un grupo guerrillero, o parte de éste, vuelva a las armas cuando un Acuerdo de Paz es incumplido o se traiciona.

Si bien es de humanistas rechazar la guerra, y todo aquello que la incremente, desemboque o perpetúe, esto no puede ser excusa para esbozar opiniones apresuradas que responsabilizaron a la nueva disidencia de darle vida y un “respiro” al discurso de sangre de la ultraderecha. Contrario a estas opiniones, lo que puede comprobarse es que otros sectores del común volvieron sus ojos al tema de la paz, dándole relevancia porque percibieron que la guerra “había vuelto” por la traición, incumplimiento o ineptitud del Gobierno. Las justificaciones para el discurso de sangre y odio ya estaban operando, puesto que las disidencias han existido antes y después del Acuerdo.

Lo anterior además se constata si analizamos los continuos abucheos que está sufriendo en distintos lugares el expresidente Uribe, el rostro más representativo del proyecto de la ultraderecha; hechos que indicarían que las nuevas disidencias no generaron tal “respiro” como se presume. No obstante, ello no significa que la fuerza de este proyecto de corte fascista esté debilitada; es importante entender que las dinámicas han cambiado para una sociedad en crisis, viviendo al límite, que está priorizando resolver su día a día y no el salir a las calles a brindar respaldos a una figura que está pasando de moda.

Estos acontecimientos tampoco deben generar falsas expectativas. Que la imagen de rostros representativos de la ultraderecha, como Álvaro Uribe Vélez, se estén desgastando un poco, generando un pequeño descontento en la sociedad, en el contexto inmediato ello no indica que no habrá respaldo en las urnas.

Recordemos que las dictaduras evolucionaron hacia escenarios electorales donde, además del paramilitarismo, ahora cuentan con estructuras mafiosas, clientelistas y con dinero, que hicieron de este escenario una mercancía en disputa que se subasta entre sectores de la clase dominante que oscila entre la derecha y ultraderecha. Quizá en las elecciones presidenciales la balanza pueda cambiar, pero en lo regional y local su poder se mantendrá en un amplio porcentaje. Aunque es claro que habrán fisuras en su hegemonía territorial; pequeñas, pero habrán.

¿Rearme justificado de las nuevas disidencias?

Una de las situaciones más cómodas para algunos analistas y sectores de la intelectualidad siempre será responsabilizar tanto al Gobierno como a las nuevas disidencias por su rearme; situación cómoda y extraña, pues al referirse a ‘Márquez’ y demás comandantes que volvieron a las armas, muchos afirman que “traicionaron la paz”, pero cuando hablan del Gobierno solo emplean términos como “demoras en la implementación del Acuerdo de Paz”, y en el mejor de los casos, cuando un tinte de severidad les invade, se escuchan frases como “falta de voluntad” o “incumplimiento”, calificativos construidos en medio de un discurso que favorece al Gobierno, en gran medida, al presentarlo solo como un hijo que se desvió del camino, pero que se puede corregir.

Esta mirada que privilegia el efecto (rearme) por encima de la causa (traición del Gobierno) es la que realmente genera un “respiro” a la ultraderecha, puesto que sitúa la mayor responsabilidad en las nuevas disidencias y no en el Gobierno, verdadero responsable de mantener la guerra por su política de iniquidad y traición a la paz.

Sin embargo, en la Colombia profunda, que padece la guerra y pone las víctimas directas, esa no es la mirada que funciona en sus territorios. Y de modo igual está sucediendo en pequeños espacios, aunque reducidos, de la vida urbana. La mirada no es la misma, en tanto que el rechazo por el rearme ya no es una situación tan generalizada como antes. Los asesinatos sistemáticos contra líderes y lideresas sociales y excombatientes han generado a través del rumor cotidiano, que empieza ganar espacio en el imaginario de la sociedad, la justificación de la autoprotección. Situación que no se manifiesta abiertamente, pero que está preocupando al statu quo, y que pasa desapercibida para muchos análisis que no habitan las calles, la cotidianidad del barrio, y los territorios de la guerra prolongada.

Y la prensa, sin pensarlo ni calcularlo, también generó un ambiente de rumor sobre las circunstancias que provocaron un rearme de las nuevas disidencias. En varios reportajes registraron a comandantes como ‘El Paisa’ y ‘Romaña’ cumpliendo el Acuerdo de Paz, dándole titulares donde se reconocía su capacidad gerencial para adelantar proyectos productivos en las zonas de reincorporación. Esto ha provocado, en contraste con la traición de lo pactado por parte del Gobierno, una serie de preguntas en pequeños espacios de la vida urbana que tienden no siempre a inclinar la balanza en contra del rearme.

Por fuera de las dimensiones emocionales del rechazo a la guerra, los análisis sobre el conflicto interno colombiano deben superar las líneas de pensamiento, análisis o de opinión que están realizando, consciente o inconscientemente, el trabajo sucio a la ultraderecha, generando miedo y estigmatización contra otros análisis y opiniones que nuevamente vuelven sus miradas, de manera aguda, sobre las causas sociales y políticas que originaron y mantienen el conflicto interno colombiano y, que con todas sus diferencias y contextos más complejos de estudio, provocaron el rearme de las nuevas disidencias.

El deseo y la lucha humanista por la paz debe recobrar su visión sensata y aterrizada de la guerra, entendiendo que la lucha por la consecución de un nuevo acuerdo de paz, sin olvidar la lucha por el actual, nos espera. Esta tarea puede demandarnos años o décadas.

Nuestra guerra ha sido prolongada, y las expectativas puestas en los alcances que traería el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC requieren repensarse bajo la base que fue un Acuerdo más, de gran importancia y notable en su especie, y por el cual se seguirá luchando, pero que no será el único en la historia de Colombia. Hoy cuando el paramilitarismo se ha fortalecido y los grupos guerrilleros permanecen en los territorios, la guerra no dejará de prolongarse. ¿Cuánto se prolongará? Todo dependerá de cómo la lucha social asuma la traición al Acuerdo de Paz no para lamentos y autoengaños, sino para actuar de manera más aguda y renovada.

Por: Alexander Escobar

La ruptura de las convergencias electorales que resultaron inviables en Colombia, dejando algunas pocas funcionando, son la suma de ingenuidades y ausencia de una lectura política acertada en el plano electoral. Entre las principales razones es fácil detectar el error de concebir lo electoral como un espacio para el relacionamiento político y, en el caso de la FARC, como un escenario para luchar, además, contra la estigmatización.

El error no está determinado por la posibilidad de que este escenario pudiera cumplir estas funciones o pronósticos; el error lo determina la pretensión de mezclar grupos o movimientos sociales, significativos o en formación, y partidos en un mismo espacio, donde los intereses van desde lo particular hasta el romanticismo político del interés colectivo, programático.

Sumado a esta situación, está la Colombia Humana, cuya votación de opinión es un escenario de disputa donde la rapiña dejó salir lo más bajo de quienes trataron de apropiarse de su imagen por dentro y fuera de las convergencias, y que, al no conseguirlo, en varias partes del país terminaron hiriéndola de gravedad para hacerle el trabajo sucio, conspirativo, a consciencia o sin saberlo, a la ultraderecha.

Esta mezcla compleja, inmadura, implicaba realizar lecturas separadas, no generalizadas. No todos los lugares del país eran propicios para convergencias, debido a que, entre otras situaciones, en partidos como la Alianza Verde y el Polo Democrático Alternativo, desde las estructuras que los dirigen, predomina el interés electoral para beneficio propio parlamentario, esto sin mencionar las posturas ideológicas y políticas con las cuales, sin generalizar, no coincidimos.

Aunque es claro que en estos partidos, en algunos territorios o ciudades, o alguna de su militancia no comparte las decisiones de su dirigencia que rompió con las convergencias, escudados bajo la excusa de la presencia del hoy partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), a la fecha no existe comunicado oficial de sus tendencias o militancia organizada, o quizá hay alguno marginal rotando en Facebook, contra la forma como se separaron y destrozaron las convergencias.   

Y hablamos de estos partidos porque, en términos prácticos, son quienes representan matemáticamente la votación y “maquinaria” consolidada en algunos territorios, pequeña o mediana, para asumir las contiendas electorales, del mismo modo que están facultados para avalar candidaturas.

De aquellos sectores o grupos sociales que quedaron o dejaron de participar de las convergencias, la realidad es que son muy pocos los que realmente representan una votación de importancia, o de opinión significativa que ayude a inclinar la balanza a favor de una propuesta alternativa electoral.

En este sentido el error radica en ver desde lo político el efecto que tendrá sobre lo electoral, y no ver desde lo electoral el efecto que tendrá sobre lo político. Se requería priorizar la meta práctica electoral antes que priorizar convergencias que no lograrían este fin por el interés particular de partidos que rompieron las convergencias, luego de incidir en éstas para que, por ejemplo, no hubiese listas cerradas al Concejo, lo cual dejó listas con voto preferente que van en contravía del interés de grupos sociales emergentes o consolidados, y partidos como la FARC y la UP (hoy UP-Colombia Humana) que no cuentan con maquinaria electoral, pero que hubiesen posicionado un buen trabajo de opinión con listas cerradas, si se hubiesen centrado desde un comienzo en ello sin ceder y pensar en las necesidades particulares de partidos como el Polo y la Alianza Verde.

Pretender lograr un equilibrio entre el relacionamiento político, la no estigmatización y el fin electoral, fue un romanticismo que replicó errores de experiencias fallidas en otros escenarios. Casi un suicidio pronosticado que alejó de la meta electoral a sectores y grupos sociales que, si bien van a obtener algunos logros, es mucho lo que perderán en la contienda electoral del 27 de octubre por las grietas ocasionadas a movimientos como la Colombia Humana, donde también tiene responsabilidad las decisiones de Petro que desconoció a sus bases, tal como sucedió en el Valle del Cauca con el apoyo que éste brindó a la candidata a la gobernación Griselda Janeth Restrepo.

Asimismo, para el caso de partidos como la FARC se logrará un avance en el relacionamiento político, pero será mínimo, y el cual podría haberse logrado con la creación de otros espacios o fortalecimiento de algunos, sin sacrificar la meta principal, la prioridad, el logro electoral.

Para el relacionamiento político y la no estigmatización deben abordarse o crearse espacios diferentes a las coyunturas electorales, puesto que aún no existe ni madurez política ni la buena fe de quienes convergen esperando ver qué logran para beneficio particular partidario o parlamentario; en otras palabras, al igual que con el Acuerdo de Paz, hay que estar al tanto de los resultados que vienen cuando se dialoga con un “enemigo” que traiciona, y que emplea todas sus tácticas de guerra para imponerse sobre los demás.

Un ejemplo claro de creación de espacios para el relacionamiento político lo constituyen procesos o acuerdos que dieron vida a Defendamos la paz, un escenario donde confluyen diversas expresiones sociales y partidos políticos.

El reiterativo romanticismo político con que se asume lo electoral ha significado el suicidio al olvidarse que éste es un escenario más de la guerra donde solo se sobrevive con estrategias y armas no convencionales, tanto que implica sacrificios para el bien colectivo que conllevan a poner en entredicho hasta lo que llamamos “reputación”. De allí que por lo regular se termine siendo espectadores y no protagonistas en escenarios de suma importancia para generar opinión, y donde la reputación se recompone con actuaciones que tienen verdadero efecto, al lograr el objetivo, sobre la sociedad y el bien común.

No podemos olvidar que estamos frente a la cosecha permanente de una guerra desigual cuyos intereses personales y enemigos no desaparecen, y que se aprovechan del fracaso de nuestras tácticas y estrategias para seguir perpetuando desde todos los escenarios, en este caso el electoral, el statu quo con partidos que no afectan o negociarán para evitar cambios significativos en las estructuras del Estado.

Por: Alexander Escobar / Imagen: Mural de Bansky

Caminar tras las huellas de quienes financiaron el paramilitarismo en el Valle del Cauca es un recorrido que nos devuelve a pisar nuestros propios pasos, volver a lugares donde las pistas de empresarios, batallones y generales que masacraron a plena luz y sin ocultar su infamia ante la sociedad, permanecen vivas gracias a eso mismo, a la impunidad que recuerda que ese camino no tiene fin, que habrá que recorrerlo porque heredamos la memoria de miles de víctimas que, de tanto recordarles, son nuestro único presente, ese que no ha sido, que fue cambiado por una sociedad indolente que vive de genocidio en genocidio sin sacrificar nada para detenerlo.

Volver tras esas huellas es recordar que no hay cifras que den cuenta real de las víctimas; es recordar imágenes y voces de personas que tenían una historia de dolor, tantas, que fue imposible documentar mientras se caminaba ingenuamente creyendo que todo podía registrarse en una investigación, en un discurso de derechos humanos, en una imagen, o en una libreta que finalmente terminaba mojada en licor.

En la pista de esas huellas he visto cómo desaparecen pruebas, testigos, y cómo un pacto de silencio paramilitar, de comandantes y gatilleros que encubren a sus jefes y sus jefas, a la gente de bien, hace del televisor un vómito de imágenes que condena a contemplar políticos y empresarios responsables de este plan macabro que el 31 de julio de 1999 presentó de manera oficial a los paramilitares del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), terrorismo de Estado que en pocos años asesinó a cerca de 2.000 personas en el Valle del Cauca.

Remascando esas huellas también he visto a exmilitares que evadieron su responsabilidad, sus crímenes, y que, a pesar de las pruebas, nunca fueron condenados. En este insaciable caminar les he visto tomando ejemplo de sus exjefes: camuflando el horror en los negocios, combinándole, y creando empresas para convertirse en contratistas del Estado.

Hace siete años dejé parte de mí, un pedazo de trocha en el documental Memoria y dignidad campesina. Esas huellas las visito a diario. En ellas hasta creo que puedo ver y oler los periódicos de la biblioteca municipal de Tuluá que desaparecieron, fantasmas de papel que hoy sé que contenían fotos de agentes infiltrados del Estado; periódicos que aún hoy trato de encontrar, de conocerles, y que me recuerdan cómo generaron en mí una atmósfera de misterio y cautela, de incertidumbre, como si viviera una película surreal.


Documental Memoria y dignidad campesina

Cuando todo esto se recuerda, resulta imposible aferrarse a la vida sin aferrarse a la tragedia, a sus formas y matices que al final dejan de ser llanto, quejido, para devenir en grito colectivo, en denuncia, resistencia y manos amigas que levantan la dignidad y lucha del pueblo campesino que sigue firme después de tanto dolor e infamia perpetrada por el terrorismo de Estado, sus paramilitares.

A los recuerdos de esas manos uno se aferra, del mismo modo que la gente se aferra al recuerdo que somos cada vez que volvemos a caminar el territorio. Y entonces solo basta mirarnos, sin decirnos nada, mientras los corazones crean puentes, y las huellas los atraviesan.

Gracias por tanto a quienes hoy no están, por esa bella clandestinidad que prolongó la vida enseñando a celebrar el insomnio y sus portales, para conspirar sin tregua a toda hora, y jamás flaquear en esta lucha, nuestra lucha que no termina, que sabremos heredar hasta que la memoria derrote a la tiranía.

Por: Alexander Escobar

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