Veinte años de impunidad paramilitar en el Valle del Cauca

Volver tras esas huellas es recordar que no hay cifras que den cuenta real de las víctimas; es recordar imágenes y voces de personas que tenían una historia de dolor.

Caminar tras las huellas de quienes financiaron el paramilitarismo en el Valle del Cauca es un recorrido que nos devuelve a pisar nuestros propios pasos, volver a lugares donde las pistas de empresarios, batallones y generales que masacraron a plena luz y sin ocultar su infamia ante la sociedad, permanecen vivas gracias a eso mismo, a la impunidad que recuerda que ese camino no tiene fin, que habrá que recorrerlo porque heredamos la memoria de miles de víctimas que, de tanto recordarles, son nuestro único presente, ese que no ha sido, que fue cambiado por una sociedad indolente que vive de genocidio en genocidio sin sacrificar nada para detenerlo.

Volver tras esas huellas es recordar que no hay cifras que den cuenta real de las víctimas; es recordar imágenes y voces de personas que tenían una historia de dolor, tantas, que fue imposible documentar mientras se caminaba ingenuamente creyendo que todo podía registrarse en una investigación, en un discurso de derechos humanos, en una imagen, o en una libreta que finalmente terminaba mojada en licor.

En la pista de esas huellas he visto cómo desaparecen pruebas, testigos, y cómo un pacto de silencio paramilitar, de comandantes y gatilleros que encubren a sus jefes y sus jefas, a la gente de bien, hace del televisor un vómito de imágenes que condena a contemplar políticos y empresarios responsables de este plan macabro que el 31 de julio de 1999 presentó de manera oficial a los paramilitares del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), terrorismo de Estado que en pocos años asesinó a cerca de 2.000 personas en el Valle del Cauca.

Remascando esas huellas también he visto a exmilitares que evadieron su responsabilidad, sus crímenes, y que, a pesar de las pruebas, nunca fueron condenados. En este insaciable caminar les he visto tomando ejemplo de sus exjefes: camuflando el horror en los negocios, combinándole, y creando empresas para convertirse en contratistas del Estado.

Hace siete años dejé parte de mí, un pedazo de trocha en el documental Memoria y dignidad campesina. Esas huellas las visito a diario. En ellas hasta creo que puedo ver y oler los periódicos de la biblioteca municipal de Tuluá que desaparecieron, fantasmas de papel que hoy sé que contenían fotos de agentes infiltrados del Estado; periódicos que aún hoy trato de encontrar, de conocerles, y que me recuerdan cómo generaron en mí una atmósfera de misterio y cautela, de incertidumbre, como si viviera una película surreal.


Documental Memoria y dignidad campesina

Cuando todo esto se recuerda, resulta imposible aferrarse a la vida sin aferrarse a la tragedia, a sus formas y matices que al final dejan de ser llanto, quejido, para devenir en grito colectivo, en denuncia, resistencia y manos amigas que levantan la dignidad y lucha del pueblo campesino que sigue firme después de tanto dolor e infamia perpetrada por el terrorismo de Estado, sus paramilitares.

A los recuerdos de esas manos uno se aferra, del mismo modo que la gente se aferra al recuerdo que somos cada vez que volvemos a caminar el territorio. Y entonces solo basta mirarnos, sin decirnos nada, mientras los corazones crean puentes, y las huellas los atraviesan.

Gracias por tanto a quienes hoy no están, por esa bella clandestinidad que prolongó la vida enseñando a celebrar el insomnio y sus portales, para conspirar sin tregua a toda hora, y jamás flaquear en esta lucha, nuestra lucha que no termina, que sabremos heredar hasta que la memoria derrote a la tiranía.

Por: Alexander Escobar

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