octubre 2019
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“Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el len­to suicidio de todos se llama «la vida»”.
Friedrich NIetzsche, Así habló Zaratustra

La sociedad está hecha de monstruos edificados para devorarse a sí misma. Son monstruosidades creadas a semejanza de masacres selectivas del pensamiento y el alma que mantienen el orden de la política neoliberal, cuya economía se sostiene engendrando la descomposición humana en todos sus niveles, en todos los espacios de la vida para privilegiar estructuras dominantes del poder.

El andamiaje de la opresión imperial no se ha levantado solo a base de injusticias, aparatos militares –paramilitares–, mafias y dictaduras. Su veneno es de mayor alcance y cubre hasta los espacios más íntimos y cotidianos de la sociedad.

Ignorancia, odio, desesperanza y resignación son algunas de las inyecciones letales que incautos e inocentes beben de democracias que nacieron jubiladas, fachadas de la dominación, donde traidores y arrodillados interpretan el papel de enfermeros de la infamia que se encargan de suministrar la dosis constante de sumisión y control social.

Las sociedades capitalistas secuestran la dignidad y generan un tipo de odio controlado, teledirigido a mantener poblaciones enfrentadas entre sí, a provocar angustias y frustraciones del espíritu, o enfocado a volver al grueso de la sociedad contra contradictores del sistema que representan una minoría en las calles.

No es extraño entonces que Joker, película de Todd Phillips, genere preocupación. Porque en Joker el control está perdido, provocando que el odio engendrado por el sistema termine traspasando las fronteras del cuerpo y el pensamiento que controla el capitalismo.

En Joker encontramos a Joaquin Phoenix interpretando a Arthur Fleck, personaje emocionalmente devastado que recrea soledades, violencias, frustraciones y necesidades no atendidas del alma. Pero su dolor no encaja, no es importante para una sociedad que premia la individualidad por encima de los abrazos, el compartir y la solidaridad, que desdibuja y rompe vínculos afectivos, que impone la acumulación de capital, la depredación a todo nivel, sin importar a qué o quién haya que sacrificar para sostener privilegios de una clase dominante.

Bajo el influjo del capitalismo el espíritu de lucha y la pasión por la vida terminan corroídas. Porque estamos a merced de un sistema que impone la competencia, el destruir al otro como quien somete a un enemigo derrotado en la guerra, hasta fragmentar los hilos afectivos que tejen solidaridad, procesos de trabajo colectivo y movilización social organizada, para finalmente dejar poblaciones invadidas por odios y frustraciones que aprenden a destrozarse a sí mismas y a atacar a quienes tratan de impedirlo.

Así el sistema moldea su Joker, haciendo que el rostro de Arthur Fleck termine en posesión del maquillaje que expone la máscara de la violencia capitalista, una violencia que empieza matando a los engendros del sistema que han abusado de él en distintos espacios de su vida, incluido el familiar.

El maquillaje del capitalismo invade trayendo muerte. Los rostros poseídos por su máscara son el Joker donde ya no media solución alguna más que el asesinato, el borrar al otro, el sobrevivir sin importar cómo ni a quién se pisotea, del mismo modo que actúa la competencia anulando a quienes se oponen a los intereses de una clase privilegiada: esas son las enseñanzas, el libreto del sistema que el Joker termina reproduciendo.

Asistimos de esta forma a una función que presenta la barbarie sin ropajes, al desnudo. Situación insoportable que deja la película a merced de ataques y críticas. Algo que no es nuevo. Ya lo había vivido George Romero en 1968 cuando sus zombis fueron espejo de putrefacción, de mutilación y sangre de la guerra de Vietnam, y de cómo una sociedad puede caminar sin voluntad propia; y lo había vivido también, y la lista no termina, Stanley Kubrick en 1971 con Clockwork Orange desnudando un sistema que vomita demonios, pero los niega, para luego vender represión y control social como única cura.

Se escudan calificando la película de “violenta” para agredirla. Sin embargo, lo cierto es que los guardianes de la moral no atacan a Joker por la violencia que expone la película. La atacan, aunque no lo digan, y sin sentir la más mínima vergüenza, porque presenciamos una sociedad incapaz de pensar por cuenta propia, carente de autonomía, pero capacitada para ser influenciada por cualquier discurso sin sentido, violento, como el que llevó a Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos: misógino y fascista.

Las palabras de Todd Phillips nos sumergen en un viaje donde muere cualquier intento de desviar la atención, desconociendo discusiones de fondo, que pretende responsabilizar a una película del fracaso que somos como sociedad. Para Phillips todo es más claro, revelador, al saber que no podemos “culpar al cine por un mundo que está tan jodido que cualquier cosa lo puede destruir”, un mundo, debemos añadir, deshumanizado y corroído por el sistema capitalista.

Queda al descubierto que al sistema no le preocupa la violencia en sí. Su preocupación, su angustia, radica en que la violencia se vuelva contra los privilegios de una clase social; le intranquiliza que el odio, los vacíos del alma, el secuestro de las condiciones materiales de existencia, vuelvan su enojo contra quienes produjeron la injusticia, la iniquidad.  

Ese Joker fuera del control capitalista es su real preocupación, ése que ha dejado de devorarse a sí mismo y a quienes comparten su enojo para levantarse contra la normalidad del statu quo.

Todd Phillips nos ha traído con el Joker una estética de la violencia donde aprendemos a disfrutar de las bellas escenas compuestas de sangre, muerte, odio y enojo, sin que ello nos convierta en seres enfermizos que disfrutamos del asesinato y la sangre derramada. El disfrute de esta barbarie está reservado para los engendros regurgitados por el sistema capitalista cuyo alimento es la muerte, el desangre, el sufrimiento y la explotación humana.

Y gracias al cine el Joker continuará su danza. Su cuerpo seguirá balanceándose al compás de las calles encendidas, mientras HAL 9000 le contemplará desde el espacio soñando con el crujir liberador del fuego. Sus pasos bordearán los precipicios y límites del alma, y no se detendrán hasta recoger las cenizas de un sistema que habrá muerto a manos de cada pueblo rebelado.

Por: Alexander Escobar

A medida que se habitan distintos espacios de la vida, y se reconoce el efecto persuasivo de las líneas discursivas hegemónicas de los medios de comunicación, no es difícil vislumbrar que la importancia de los discursos que escuchamos a diario está determinada no tanto por lo que dicen, sino por lo que callan. Esta mirada podría ser una de las experiencias más representativas que atraviesa el quehacer de los medios alternativos en Colombia.

Faltan voces, imágenes, palabras y otros modos de ver el mundo en lo que escuchamos, vemos, leemos y, conforme se imponen las necesidades del mercado, a través de un modelo político que rinde culto a la acumulación de capitales por encima de la vida, hasta falta volver a desear, o quizá solo se trate de desear mejor. Decirlo no es una exageración, porque finalmente encontramos discursos que lograron violentar y colonizar los espacios más íntimos de la sociedad.

Hace solo tres años vimos cómo un importante porcentaje de la población votaba en contra de la paz, diciéndole no a la refrendación del Acuerdo Final entre la exguerrilla de las FARC y el Gobierno que finalizaba una guerra de más de cincuenta años. Esto se presenta a manera de una radiografía que muele los huesos, que los vuelve polvo dejando escombros de una sociedad inmensamente religiosa que va a misa, se persigna y ofrece un saludo de paz, que tiene el perdón y la reconciliación como uno de los pilares fundamentales de la doctrina religiosa.

Son este tipo de ejemplos los que nos dicen que enfrentamos un tipo de discurso, enquistado durante décadas, que colonizó algo tan íntimo como la religiosidad de las personas, provocando acciones ajenas a la espiritualidad que les convoca, acciones contrarias a la paz, la reconciliación y el perdón.

Nos hallamos entonces ante un discurso que además de desconocer, omitir la multiplicidad de rostros que componen la sociedad, centra su carácter agresivo en lograr que quienes no están representados terminen asumiéndolo como propio. Por tanto, no es una simple omisión, una accidentalidad y, menos, una improvisación. Es una decisión profundamente política que impone determinados intereses sobre poblaciones que asumen algo ajeno como verdadero y creíble, un artificio que no se forjó al calor de lo múltiple, al fuego de lo colectivo, y que nos dejó a merced de una verdad simulada y fría.

Cuando pensamos en el conflicto interno colombiano en relación a los medios de comunicación, convertidos hoy en corporaciones mediáticas, los análisis van más allá de la simple producción de información y contenidos sobre los hechos de la guerra. Hay otras implicaciones, puesto que están asociados a un proyecto político determinado por sectores de la economía; o expresado de otro modo, éstos tienen como tarea ser una extensión más del ejercicio del poder de quienes son sus dueños, trayendo consigo un desequilibrio, una correlación de fuerzas desfavorable representada en el monopolio de la audiencia del que gozan para imponer contenidos, temas, discursos y, en últimas, una ideología.

Para los medios alternativos esta situación no es un redescubrimiento, ni un hecho novedoso, pero sí un reto diario de sobrevivencia, una lucha que si no se reinventa constantemente, perece. Estamos inmersos en una guerra mediática, en términos literales, donde la vida está en juego cuando perdemos batallas que tienen como fin el posicionar la salida dialogada al conflicto colombiano, cuando la voz de la guerra se impone y continúa cegando vidas y hace de la sangre el festín de una ideología que se perpetúa a través de gobiernos, o minúsculos sectores de la sociedad, que se alimentan de la desigualdad, el odio y los crímenes de Estado.

Volver nuestra mirada hacia las voces y rostros que son marginados por estos discursos que el poder impone como verdad simulada, no es simplemente una cuestión estética que aporta a la construcción equilibrada del nuevo relato nacional de los hechos que rodearon el conflicto colombiano; en un contexto de guerra mediática prolongada, de correlación de fuerzas desfavorable, hacerlo es un acto de resistencia para los medios alternativos que ven en la verdad del conflicto un escenario en el que no es suficiente que la verdad “exista” como un relato “equilibrado” de la guerra, además se requiere que ese relato sea un espacio habitable, cotidiano, que confronte en todos los espacios de la vida a los discursos que se erigen suplantando las voces de pueblos y comunidades.

¿Cómo se manifiesta esa verdad del conflicto en las calles, la protesta social, y la vida rural donde la guerra se mantiene generando víctimas de forma directa? La verdad no se construye o reconstruye solo a partir de hechos pasados, no narrados, omitidos o tergiversados. La verdad habita y se manifiesta en resistencias que la viven, aún sin que ésta haya sido documentada o alguien les dijese que la verdad es lo que les mueve.

Para las comunidades y grupos humanos que padecen el conflicto y luchan por cambiar el orden de iniquidad que gobierna, verdad y dignidad son cuestiones inseparables. Sin la dignidad de quienes luchan no habría espacio habitable para que la verdad tenga vida. Es una verdad que se lucha, que se vive de manera digna.

Podría llegar a pensarse que resulta excluyente y reduccionista asociar verdad y luchas sociales de forma privilegiada para el análisis. Sin embargo, lo hacemos afirmando que el conflicto interno, la guerra en Colombia, no ha terminado, y el actual Acuerdo de Paz es un escenario para la búsqueda de verdad con particularidades para las víctimas, y otras que les cobija y nos dan puntos de referencia para la no repetición, o superación, en algún momento, de la guerra.

Es cierto que muchas de las víctimas del conflicto jamás solicitaron ser parte de la guerra y, de igual modo, tampoco fue necesario que participaran de lucha social alguna para sufrir la crudeza del conflicto interno. Familiares que buscan a sus seres queridos, que preguntan por qué fueron asesinados o desaparecidos, requieren respuestas que gracias al Acuerdo de Paz pueden o podrán responderse si se cumple a cabalidad lo pactado en la Jurisdicción Espacial para la Paz (JEP), la Comisión de la Verdad y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), instancias o espacios creados para avanzar en este sentido.

No obstante, debe decirse, a riesgo de parecer insensibles, que la verdad del conflicto está conectada, hace parte, pero sobrepasa la verdad de las víctimas que en algunos casos responde a particularidades propias de cada situación vivida.

Las víctimas exigen respuesta y esto no es aplazable. Responderles significa reconocer la deuda de una sociedad que privilegió la vida de unas personas por encima de otras, que dejó de mirar lo que ocurría por conveniencia, o porque simplemente era más cómodo vivir en la burbuja de confort que ofrece la democracia virtual del televisor, o por estar sumergidos, hoy por hoy, en la fascinación de las pantallas de sus teléfonos celulares.


A esta realidad del conflicto también es necesario añadir que la verdad de las víctimas hace parte de una verdad de fondo que no terminó con la firma del Acuerdo de Paz, y que tampoco culminó o se quedó quieta en el contexto o tiempo que vivimos. Porque las causas que originaron el conflicto interno persisten y han prolongado la guerra, su voracidad, así como los crímenes de Estado. Y en respuesta, no es extraño que la protesta y lucha social se mantenga como una verdad que se vive a diario, que se documenta y se cubre por los medios alternativos, pero que no se archiva como un hecho superado.

Ahora bien, ¿por qué la insistencia en nombrar la guerra cuando son la paz, la verdad, y la reconciliación algunos de nuestros objetivos? Sencillamente porque ésta persiste, y no se puede omitir o maquillar su crudeza, del mismo modo que no se puede dejar de mostrar aquello que dificulta el camino. No es una apología al conflicto interno ni una forma de minimizar el trabajo de quienes trabajan por la paz. Hoy hablamos de la guerra de la misma manera que lo hacíamos mucho antes de firmado el Acuerdo de Paz, cuando hablar de salida dialogada y política al conflicto, reconociendo la crudeza de la guerra, era motivo de señalamiento, de estigmatización y persecución.


Por eso los medios alternativos hoy continuamos hablando de la guerra. Hay diferencias en comparación a años o décadas anteriores, pero la necesidad de discutir sobre ello, en relación al Acuerdo de Paz, y por fuera de éste cuando es el caso, es una verdad en disputa que varía según la voz que la narre o la manipule según sus intereses.

En medio de esa disputa de los discursos de la guerra están los medios alternativos, reconociendo lo que callan y a quienes desconocen el rostro en los territorios de la Colombia profunda y las calles que viven el conflicto, que resisten a políticas gubernamentales de iniquidad, prolongación de la guerra, criminalización de la protesta social y paramilitarismo.

Los medios alternativos se mueven en este tipo de escenarios donde actualmente las líneas discursivas del Gobierno imponen una verdad simulada que omite términos y frases como “paramilitarismo”, “asesinatos sistemáticos”, “causas sociales que originaron el conflicto”, y otras artimañas del lenguaje que no podríamos analizar si todo se redujera solo a la producción de contenidos periodísticos.

El análisis de los discursos también mueve el quehacer de la comunicación alternativa, popular, dando elementos para la creación periodística y cuestionamiento de verdades impuestas, entendiendo que la verdad es un ejercicio de poder capaz de desconocer hechos como la masacre ocurrida en El Tandil, vereda ubicada en zona rural de Tumaco (Nariño) donde, el 5 de octubre de 2017, la policía disparó de forma indiscriminada, asesinando a siete personas y dejando cerca de 27 más heridas que protestaban contra la erradicación forzada de cultivos de uso ilícito, al tiempo que exigían cumplimiento del punto 4 del Acuerdo de Paz que establece mecanismos para la sustitución voluntaria.


Esa verdad simulada del poder hoy mantiene este caso en la más grotesca impunidad, al punto de lograr que la masacre dejara de ser investigada por la justicia ordinaria y pasase a ser tratada por la justicia penal militar, algo que convierte a los responsables en juez y parte que se investigarán a sí mismos como forma de garantizar un resultado favorable para los crímenes de Estado.

Pero si la verdad es un ejercicio de poder que imponen quienes lo ostentan, en este caso el Gobierno que además posee el monopolio y uso de las armas, para las víctimas y luchas sociales la verdad emerge como un ejercicio de dignidad. En este sentido, planteamos la verdad como aquello que no existe por sí misma, no hablamos de la verdad para la verdad, sino de la verdad como un territorio habitable que se construye, y que si no se habita ni se defiende es usurpada, tergiversada y manipulada por el poder.

Los medios alternativos nos ubicamos en esa verdad habitable que defienden las luchas sociales, que se vive como un territorio de mentalidades que confronta discursos hechos, e impuestos, para desconocer el rostro de comunidades y poblaciones enteras que luchan contra la injusticia y en favor de un mejor vivir.

Por eso sabemos que no basta que la verdad exista, que además de hoy contar con un importante documento de 800 páginas, realizado por la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, que describe un relato equilibrado de la guerra en Colombia, se requiere que la verdad se viva en lo cotidiano, se recree y defienda para que no muera ni sea usurpada por poderes que viven de la injusticia, la explotación humana y que, además de imponerse con discursos posicionados por sus medios de comunicación, se perpetúan con fuerzas o ejércitos irregulares como el paramilitarismo.

Son estas algunas de las discusiones que nos indican que, más allá de la producción de contenidos periodísticos, a los medios alternativos asimismo nos asiste la tarea de no olvidar que hacemos parte de la conciencia crítica de la época, algo que incomoda no solo al poder de la verdad simulada, sino también a gente lejana y cercana, y que podemos observar en temas como el Acuerdo de Paz, cuando afirmamos que éste, definitivamente, fue traicionado por el Gobierno.

Que la verdad se habite, se viva y defienda es nuestra garantía para que la memoria no se confunda con hechos históricos rescatados del olvido que solo consultamos, con nostalgia, tratando de encontrar o recuperar infructuosamente la nuestra, o como forma de disimular nuestra impotencia. Es la memoria un territorio habitado entre lo que hemos sido y aún no somos, de rostros que quisieron apagar pero que alumbran un territorio de luchas compartidas, que no omite trochas ni calles para caminar hacia la paz y reconciliación, un encuentro de territorios para defenderse, resistir, derrotar y superar con dignidad la guerra que nos suplanta, borra y expropia lo más querido.

Por: Alexander Escobar

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Documento de discusión presentado en el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, realizado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP). Popayán, octubre 11 de 2019.

Este fin de semana se realizó en Popayán (Cauca) el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, organizado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP), y el cual se desarrolló en la Universidad del Cauca a través de dos paneles de discusión.


El primer panel, El papel de los medios de comunicación en la construcción de verdad, reconciliación y no repetición, contó con la participación del reconocido periodista Jorge Enrique Botero, Luis Alfonso Mena (exdirector de PaZífico Noticas y director de Periodismo Libre), Carlos Alberto Pérez (Radio Comunitaria de Cajibío), José Marulanda (Unicauca Stereo), Luis Eduardo Jiménez ( Red de Artistas Populares del Suroccidente - RAPSO), Elkin Sarria (Contagio Radio y Periodismo de Verdad), y Alexander Escobar (Red de Medios Alternativos y Populares - REMAP).



“El balance es muy positivo. Se conocieron diversas experiencias, dificultades y logros de los medios alternativos, el periodismo independiente, y el trabajo de la cultura en favor de la verdad y la paz del país. De igual modo, se reconoció que la guerra persiste en Colombia, y la necesidad de visibilizar esta situación hasta que pueda superarse, es decir, visibilizarla para entender la importancia de la no repetición de la guerra”, afirmó Alexander Escobar de REMAP.

Sobre el papel que desempeñan los medios alternativos en Colombia, el comunicador además indicó que éstos "visibilizan los rostros y problemáticas que los medios tradicionales ocultan, omiten o tergiversan para excluir de la política y el poder a las distintas voces que componen la sociedad. A diferencia de éstos medios, la prensa alternativa sirve al pueblo, al interés colectivo, y no al interés particular de quienes se perpetúan en el poder".

Para el segundo panel, Verdad, memoria y reconciliación en el suroccidente colombiano, el Encuentro contó con Carolina Charry (familiar exdiputados del Valle), Óscar Salazar (Proceso de Unidad Popular del Suroccidente - PUPSOC), Jorge Enrique Botero, Charo Mina (Proceso de Comunidades Negras - PCN), José Domingo Caldón (Consejo Regional Indígena del Cauca - CRIC), el Mayor Cesar Maldonado (Fundación Militares por la Reconciliación), y Pablo Catatumbo y Matías Aldecoa (Partido FARC).

Durante el panel se vivió un ambiente de fraternidad que permitió que representantes de comunidades, organizaciones sociales, victimas, exguerrilleros y militares, se encontraran sin odios, y dando ejemplo para la reconciliación del país, oportunidad que se abrió gracias al proceso de paz entre la exguerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano.

Al igual que en otras oportunidades, exguerrilleros y hoy integrantes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), aprovecharon el espacio para pedir perdón a las víctimas del conflicto, al tiempo que reseñaron la importancia de la verdad para que la reconciliación y la paz sean un proceso exitoso en el país.

“Yo he asumido la paz desde esa búsqueda de la verdad y la reconciliación para lograr algo mucho más importante que es las garantías de que esto (la guerra) no se vuelva a repetir”, expresó Pablo Catatumbo, comandante exguerrillero y hoy Senador en representación del partido FARC.

El Encuentro también fue un espacio para el arte, la cultura, como un motor de construcción de paz, sentido crítico y reflexión en pro de la verdad y la reconciliación. En este sentido, se presentó el mural Que florezca la memoria, realizado en el marco del Encuentro por artistas que integran los colectivos L’etincelle y Monareta. De igual modo se presentó el performance Entre el espanto y la ternura, a cargo del grupo El Teatro Vive.

Finalmente, las actividades concluyeron con una velada artística que contó con presentaciones musicales de la Red Hip-Hop de Sevilla, el grupo de música latinoamericana Canto Sur, y la Red de Artistas Populares del Suroccidente (RAPSO), entre otros.

“Las expresiones artísticas juegan un papel fundamental en los procesos de verdad, memoria y no repetición de la guerra en el país. Trabajando desde distintos escenarios, como lo ha sido este encuentro, hemos venido aportando a la paz y reconciliación. Como artistas no solo estamos para el entretenimiento; con nuestro quehacer también desarrollamos un papel político para construir sociedad”, manifestó Ana Rosario Grisales de la RAPSO.

Redacción REMAP


Un grupo de reincorporados de la exguerrilla de las FARC, organizados en la Cooperativa Multiactiva Construyendo Ilusiones para la Paz (Coopripaz), vienen desarrollando diversas actividades con comunidades que le apuestan a tejer lazos de reconciliación y paz en el territorio.

En esta oportunidad, el escenario que sirvió para estrechar lazos fue el futbol, deporte del que los días 13 y 14 de octubre disfrutaron en la cancha de Polvo Rojo, ubicada en el barrio Alto Nápoles de la ciudad de Cali, y donde decenas de personas se dieron cita para ver cómo el futbol se convirtía en un escenario de paz.

Allí hinchas del deportivo Cali, del América, del barrio Terrón colorado y reincorporados de FARC, jugaron el torneo que denominaron ‘Clásicos por la Paz’, que culminó con la victoria de los hinchas del América.

Sin embargo, independientemente del resultado, lo importante es que este escenario permite continuar el camino que fortalece los lazos comunitarios en que se encuentran excombatientes y comunidad.

“Estas actividades nos permiten construir desde los territorios, demostrar que sí es posible gestar cambios, y que en estos pequeños actos en los que se unen quienes combatimos en la guerra y diferentes sectores de la comunidad está la posibilidad de ir consolidando la paz y la reconciliación”, manifestó al final de la jornada uno de los miembros de la Coopripaz.

Redacción REMAP

La Fundación Cultural Polvo Rojo y la Cooperativa Multiactiva Rescatando Ilusiones por la Paz (COOPRIPAZ) invitan a todos los medios de comunicación y la comunidad en general a participar de la iniciativa Clásicos por la Paz, evento deportivo que se realizará en Cali este domingo 13 y lunes 14 de octubre en el sector de Polvo Rojo, en el barrio Alto Nápoles, calle 2b con carrera 80.

La actividad contará con la participación de equipos de fútbol de los barrios Siloé y Terrón Colorado, hinchas del deportivo Cali y América de Cali, así como equipos de excombatientes de las FARC y el Ejército colombiano.

“Ésta es una propuesta que surge desde el movimiento popular urbano para la construcción de una ciudad con entornos de paz para la vida digna”, explicaron sus organizadores.


El viernes 11 de octubre se realizará en la ciudad de Popayán (Cauca) el Encuentro de experiencias de comunicación y cultura para la verdad, la memoria y la reconciliación en el suroccidente colombiano, convocado por la Mesa de Medios Periodismo de Verdad y la Red de Medios Alternativos y Populares (REMAP). La entrada es totalmente libre.

La cita es a partir de las 8:00 de la mañana en el auditorio principal de la Facultad de Ciencias Contables, Económicas y Administrativas de la Universidad del Cauca, ubicada en la carrera 2A con calle 15n.

Al encuentro asistirán personalidades del mundo del periodismo independiente como Jorge Enrique Botero y medios alternativos y procesos culturales de los departamentos de Valle, Cauca y Nariño que participarán del panel El papel de los medios de comunicación en la construcción de verdad, reconciliación y no repetición, a desarrollarse en horas de la mañana
.
“El encuentro busca visibilizar otras voces del mundo de los medios y la cultura que han vivido el conflicto colombiano o han estado informando y construyendo procesos que son experiencias importantes para la superación de la guerra, y que también son un gran aporte a la verdad, la memoria y reconciliación del país”, explicó Sandra Castro de REMAP.

El evento además contará con Carolina Charry (familiar exdiputados del Valle), el Mayor Cesar Maldonado (Fundación Militares por la Reconciliación) y Pablo Catatumbo y Matias Aldecoa (Partido FARC). También estarán representantes del Proceso de Unidad Popular del Suroccidente (PUPSOC), el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y el Proceso de Comunidades Negras (PCN), entre otras organizaciones.

“Para superar la guerra en Colombia es importante brindar espacios de encuentro para la palabra y la reconciliación; por eso en horas de la tarde el encuentro contará con el panel Verdad, memoria y reconciliación en el suroccidente colombiano, donde escucharemos distintas voces que explicarán, de primera mano, lo que el proceso de paz a traído a sus vidas y las dificultades que persisten aún”, indicó la comunicadora.

La jornada concluirá con la presentación oficial del mural Que florezca la memoria, realizado por artistas del suroccidente que integran colectivos como L’etincelle y Monareta, actividad que dará apertura a la velada cultural del evento que iniciará a partir de las 6:00 de la tarde con un acto simbólico a cargo de la Red de Aristas Populares del Suroccidente (RAPSO).

El encuentro es apoyado por organizaciones e instituciones como la Universidad del Cauca, y quienes deseen más información podrán comunicarse al 316 2677177, o escribiendo a remapvalle@gmail.com.

Redacción REMAP




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