marzo 2021
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En la ciudad de Palmira (Valle del Cauca) existe el Programa Municipal de Concertación Cultural, el cual permite a artistas, organizaciones, gestores y gestoras culturales presentar proyectos que, luego de ser evaluados, obtienen asignación presupuestal para su implementación.


El programa aprueba hasta un 50% del valor total del proyecto. Es decir, por ejemplo, si un proyecto tiene un costo de ejecución de 20 millones de pesos, el municipio solo le otorga 10 millones. Sin embargo, de esos 10 millones, lo común es que realmente se obtenga entre 3, 4, 5, 6 o 7 millones, esto debido a que el presupuesto se asigna según el puntaje dado por el jurado evaluador al proyecto, y según el número de proyectos seleccionados en un área o línea artística, con los cuales se promedia el presupuesto antes de ser asignado.

 

Obviamente no todas las propuestas son seleccionadas. No todas alcanzan el puntaje necesario para ser apoyadas por el municipio. Este año, 2021, uno de los proyectos que no obtuvo el puntaje requerido fue Vení Contame Ve, un festival de narración oral que lleva 15 años realizándose en Palmira.

 

El caso del festival Vení Contame Ve es un tema que ejemplifica dos problemas: el primero, la ausencia de una política que proteja la realización de festivales de trayectoria en el municipio; y el segundo, el desconocimiento del Concejo de Palmira de la problemática cultural y realidades del sector artístico del municipio, algo que quedará claro más adelante.

 

Para entender lo anterior es necesario conocer que las últimas versiones del Vení Contame Ve, durante la administración pasada y el primer año de la actual, gozaron de asignación presupuestal directa del municipio, en otras palabras, no necesitaba pasar por el Programa Municipal de Concertación para obtener recursos, no tenía que concursar. En el 2020, el presupuesto asignado que obtuvo fue de 32.999.000 pesos.

 

Sin embargo, el Vení Contame Ve no es el único festival de trayectoria en el municipio. Otros festivales también cuentan con una antigüedad que va desde los 10 hasta los 15 años de permanencia, y su destino obligado ha sido concursar para obtener recursos, logrando un presupuesto que oscila entre los 7 y 15 millones de pesos aproximadamente, menos de la mitad del presupuesto que asignaban de forma directa al festival de narración oral.

 

Esta problemática es totalmente desconocida en el Concejo de Palmira, cuyos debates centran su preocupación, de forma oportunista, en que la asignación presupuestal para el Vení Contame Ve fue descartada, obligándole a concursar junto a los más de 100 proyectos presentados este año al Programa de Concertación.

 

Pero el Vení Contame Ve no es el único festival que este año no fue seleccionado por el Programa de Concertación. El Titirefestival Internacional de Palmira, que cuenta con una trayectoria de 15 años, tampoco obtuvo el puntaje requerido. Y el año anterior (2020), el festival Cultura al Parque, con 10 años de permanencia, también quedó por fuera de los seleccionados, aunque posteriormente, a través de un dialogo con la Secretaría de Cultura, logró algún tipo de apoyo.

 

Estas realidades no han sido tema de discusión del Concejo de Palmira, como se constata en la sesión del pasado 19 de marzo, cuando fue presentado el informe de gestión a cargo de la secretaría de Cultura del municipio, donde el tema que copó el debate estuvo, en gran parte, orientado a discutir la no asignación de presupuesto directo al Vení Contame Ve.

 

Ver: Sesión del Concejo del 19 de marzo

 

Este es solo un pequeño ejemplo de las realidades adversas que vive el sector artístico de Palmira y el país, y que desconoce el Concejo de Palmira. De igual manera ejemplifica el modo oportunista de quienes, utilizando la tragedia que vive el festival Vení Contame Ve, abanderan vocerías dentro del Concejo en nombre de la cultura para mejorar su imagen en redes sociales, a la vez que ocultan que no agencian presupuesto y políticas culturales para atacar el trasfondo, el cual es, en este caso, que no existe una política pública que proteja los festivales que cuentan con trayectoria en el municipio.

 

Este problema no solo afecta al Vení Contame Ve, afecta también a aquellos festivales que no han sido defendidos dentro del Concejo y que requieren una asignación presupuestal directa para sus actividades. Hoy el Titirefestival Internacional de Palmira, que año tras año debe concursar, también quedó sin presupuesto, y no se ven o escuchan golpes de pecho en el Concejo llamando la atención sobre lo sucedido, y menos formulando proyectos de acuerdo en favor de la política cultural bajo un contexto aterrizado de lo que pasa en el municipio.

Por: Alexander Escobar | Foto: Archivo


Un nuevo capítulo atroz de crímenes de guerra cometidos por el Estado colombiano se abre en Colombia. A las más de 6.000 ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas “falsos positivos”, donde personas de familias humildes eran engañadas, asesinadas, y posteriormente uniformadas con camuflado para hacerlas figurar como bajas en combate contra la guerrilla, ahora se suma el bombardeo contra menores de edad reclutados para la guerra.

 

Leer: Bombardear menores ejemplifica la lucha de clases

 

Los casos más recientes sucedieron en 2019 mientras fue ministro de Defensa Guillermo Botero, y este año, 2021, ocurrió ahora que el ministro es Diego Molano, quien ha calificado a los menores bombardeados como “máquinas de guerra”.

 

El bombardeo de 2021 sucedió el 2 de marzo en el departamento de Guaviare contra la guerrilla de las Farc. Y, del mismo modo que ocurrió en el bombardeo del 29 de agosto de 2019 en San Vicente del Caguán, el reporte de los menores asesinados durante la acción atroz del Estado colombiano fue ocultada.

 


Hasta el momento los cuerpos sin vida de tres niñas menores de edad han sido identificados, luego que fueron reportadas como desaparecidas por sus familias. Sin embargo, una larga lista de niñas y niños desaparecidos en los departamentos de Meta, Guaviare y Caquetá crece con el tiempo, y parece indicar que el número de menores asesinados en este bombardeo, lamentablemente, irá en aumento.

 

Para las familias de las y los menores desaparecidos que alzaron su voz denunciando lo que está pasando en sus veredas y corregimientos, en la zona rural de la Colombia profunda, las amenazas y hostigamientos contra sus vidas han llegado desde muy temprano, tal como se dio a conocer esta semana en un documento, con fecha del 9 de marzo, dirigido por el Comité Cívico por los Derechos Humanos del Meta a funcionarios del Estado y autoridades municipales y departamentales.

 

El documento se da luego que Diego Molano, ministro de Defensa, catalogara a los menores de edad víctimas del conflicto como “máquinas de guerra”, y denuncia “que algunas familias ya están siendo amenazadas con el fin de acallar sus voces y evitar que se conozca la verdad de lo sucedido” (ver documento).

 

El Comité Cívico por los Derechos Humanos del Meta además evidencia la indolencia del Estado y la forma como trata a las y los menores víctimas de la guerra y el abandono estatal.

 

“Genera una alta preocupación que se presente a estos jóvenes y menores de edad como 'máquinas de guerra', según lo afirma el ministro de Defensa, cuando en realidad lo que son es víctimas de los actores armados al margen de la ley, y ahora son revictimizados por el Estado, el que además nunca se preocupó por su suerte”, indica el comité de Derechos Humanos.

 

“Estos jóvenes y menores de edad, junto con sus familias, sufren el abandono estatal y la exclusión social, sus derechos son de continuo vulnerados y nunca garantizados, al tiempo que viven en regiones en las que la guerra y la violencia nunca cesó. No puede ser entonces que las víctimas por esa misma condición, sean tildadas como ‘máquinas de guerra’”, agrega el comité.

 

El documento también contiene una serie de demandas al Estado que permita esclarecer los hechos, del mismo modo que se brinde atención a las familias durante este proceso, y le exige que “se abstenga de seguir realizando este tipo de operativos (bombardeos) mientras no tenga total certeza de que se dirigen contra objetivos legítimos de guerra”.

Redacción REMAP | Foto: @Tercer_Canal


El reclutamiento de menores para la guerra no afecta a familias poderosas de Colombia como la Sarmiento Angulo, la Santos, la Santo Domingo, y menos a la del expresidente Uribe o el ministro de Defensa Diego Molano que, al igual que su antecesor Guillermo Botero, bombardea campamentos guerrilleros sin importar que en éstos haya niños y niñas.

 

Dentro de sus métodos de propaganda para justificar la barbarie, el Gobierno nunca pierde. “Reclutamiento forzado de menores”, dice, con voz quebrada, cuando de responsabilizar a la guerrilla se trata. “Máquinas de guerra”, balbucea, en tono militar, cuando de arrojar toneladas de explosivos contra niños y niñas en campamentos guerrilleros es la tarea.

 

Lanzan bombas a la par que obsequian dineros del Estado a la banca privada durante la pandemia. Muerte y sangre para unos, y prebendas y arrodillamiento frente a otros. Así mientras una niñez desamparada es condenada al fuego y metralla de sus aviones y fusiles, una clase económica privilegiada recibe, a modo de saqueo, el dinero que pertenece al pueblo colombiano.  

 


Es una clase monstruosa en el poder que masacra a través del paramilitarismo, que ha decapitado y jugado futbol con las cabezas de sus víctimas, que ha utilizado hornos crematorios para desaparecer cuerpos, historias de vida y luchas, que ha asesinado a personas humildes para luego uniformarlas y hacerlas parecer combatientes de la guerrilla, y que ha matado miles de líderes y lideresas sociales y militantes de partidos como la Unión Patriótica para apropiarse de territorios, del Gobierno, y mantener un modelo económico que favorece los intereses de una clase criminal.

 

Son una minoría privilegiada, a la fuerza, que solo obra y habla de acuerdo a sus intereses, sed de poder y acumulación de capital. Por ello las palabras del ministro de Defensa Diego Molano que cataloga a niñas y niños bombardeados como “máquinas de guerra”, al tiempo que afirma que sus expresiones son producto de “la realidad de la guerra”, son solo el vómito que esconde una verdad, un trasfondo: todo su accionar obedece a la realidad de la clase que defiende, y que está en guerra contra el pueblo, contra una clase humilde y oprimida.

 

Hablamos de esa misma clase social que induce al pacifismo estéril, con un lenguaje de sometimiento que habla de “formas correctas de protestar” solo para adormecer la indignación y luchas de quienes enfrentan al Gobierno con acciones de hecho y rebeldía en calles y carreteras del país.

 

Es una clase social que manipula para que se castigue y excluya a quienes cuestionan su poder y denuncian sus atrocidades en las paredes, mientras quedan libres para bombardear menores que pertenecen a una clase humilde, sin escuelas, hospitales y trabajo digno en cientos de territorios de la Colombia profunda.

 

Porque cuando bombardean, no bombardean a “maquinas de guerra”, como quieren hacerlo parecer. No. Lo que bombardean es la cotidianidad de la niña que iba de casa en casa tratando de conseguir conexión a internet para asistir a clases y realizar las tareas del colegio, el día a día del niño que debió salir a trabajar recogiendo coca para dar alimento a su abuela enferma y sus hermanos menores, la angustia de la menor que huyó de casa para evitar ser abusada sexualmente por su padrastro o algún familiar.

 

Están bombardeando una clase humilde que no les importa, puesto que sus hijas e hijos no padecen necesidades materiales, y tampoco viven las realidades de la niñez que termina en las filas de la guerrilla, que además incluye el peso de un Acuerdo de Paz incumplido, traicionado, que no trajo el fin de la guerra a sus territorios, que tampoco llevó justicia social, y donde excombatientes están siendo asesinados luego de dejar las armas.

 

Es una clase que usa su poder para bombardear a otra y, de paso, bajo la excusa de combatir “máquinas de guerra”, tratar de esconder toda la iniquidad provocada durante décadas que se han perpetuado en el poder a sangre y fuego.

 

Es una clase social monstruosa y criminal, que niega su existencia para evitar ser incriminada, para evitar ser objetivo de la ingenuidad de una clase humilde, que no se reconoce a sí misma, que piensa que hablar de lucha de clases es algo caduco, sin sentido, que promueve el odio.

 

Hablar de lucha de clases es desenredar cómo nos han explotado, asesinado y masacrado a lo largo de la historia. Es incluir con dignidad discusiones para enfrentar a una clase criminal cuyo grado de barbarie despliega su crudeza, de forma abierta y sin ninguna vergüenza, catalogando a nuestra niñez como “máquinas de guerra”, so pretexto para bombardearles y masacrarles.

 

Debemos recordar que hay una clase monstruosa y criminal que nos ve como cosas, objetos desechables. Del mismo modo que utilizó a comunidades indígenas y afrodescendientes para esclavizarles disponiendo de sus vidas a su antojo, ahora llama a nuestros niños y niñas “máquinas de guerra” para deshumanizarles y asesinarles.

Por: Alexander Escobar

 

 “La televisión es el espejo donde se refleja

toda la derrota de nuestro sistema cultural”.

Federico Fellini

 

Mi infancia estuvo marcada por infinidad de series animadas. Pepe Le Pew fue una de ellas. No era mi favorita, pero la veía porque hacía parte de la franja animada que incluía otros cortos de series como Bugs Bunny y El correcaminos. Al zorrillo debía aguantarlo, esperar a que terminara dentro de la programación, para luego divertirme con las maldades del conejo y los fracasos del coyote (beep, beep).

 

Por eso me sorprendió que Pepe Le Pew fuera noticia esta semana porque, aunque le recuerdo, no está dentro de mis recuerdos más importantes cuando de series animadas se trata. Sin embargo, el zorrillo fue noticia gracias a un artículo del New York Times donde pide su cabeza por “fomentar el acoso y la violación de mujeres”.

 

Esto me hizo pensar en el efecto que Pepe Le Pew producía en mí. Es obvio que a la edad de siete años ni idea tendría de lo que era “el acoso”, pero sí recuerdo que, a pesar de reírme de la ridiculez de Pepe, no simpatizaba con el obrar del zorrillo, en tanto que veía a la pobre gata desesperada y sin sentirse a gusto. De acuerdo a mi experiencia puedo decir que esta serie jamás reprodujo en mí patrones de acoso o incitación a violar mujeres.

 

En este sentido, me parece absurdo que se celebre que una serie como Pepe Le Pew esté a punto de salir del aire, puesto que sin ser feminista o conocer de violencia de género, basta tener algo de sensibilidad para saber que el actuar del zorrillo no está bien, en tanto que la gata se ve angustiada y manifiesta rechazo ante el acoso de Pepe, tal como lo experimenté en mi niñez al ver la serie.

 

Sin embargo, la discusión no es en blanco y negro. En este caso, no puede reducirse a si fomenta o no este tipo de conductas criminales. El debate debe incluir los factores que propician que algo que a simple vista está mal, termine normalizando el acoso en un público que hace que sea aceptado en sociedad.

 

Si en mi caso esta serie no fomentó el acoso, ¿por qué en otras personas sí lo puede hacer? Si afirmamos que Pepe es capaz de volvernos acosadores y violadores de mujeres, ¿acaso también no cabría la posibilidad de que la serie nos induzca a acosar y violar gatas?, pues es una gata lo que literalmente ven los niños.

 

Pepe podrá ser un detonante, más no un determinante. En otras palabras, una sociedad −como la colombiana− que vota en contra de la paz, que es capaz de creer que la pandemia es un complot de Bill Gates, que dice que en los hospitales los médicos matan a los enfermos de Covid-19, y que rechaza las vacunas, está expuesta a creer y reproducir cualquier infamia sin el más mínimo grado de reflexión. Reproducir el acoso (del zorrillo), aún observando que es algo que está mal porque hay alguien que está angustiada y sufriendo (la gata), es una de esas infamias capaz de normalizar.

 

Por tanto, que una serie como Pepe Le Pew salga del aire no es algo para celebrar. Todo lo contrario, es testimonio de la derrota de “todo nuestro sistema cultural”, incapaz de asumir que no se debe hacer ni reproducir lo que está mal.

 

Que no volvamos a ver al zorrillo simplemente es un placebo, un distractor para evitar el dolor que conlleva, por ejemplo, nuestra incapacidad de no lograr sacar del aire las cientos de novelas que, con una ideología definida, reproducen roles machistas donde el final de la mujer, su misión en la vida, es ser “salvada” por un príncipe azul neoliberal, capitalista y conservador que se opone al aborto, llevando a las pantallas, de esta manera, la tarea de un patriarcado que impone oscurantismo y mensajes de sumisión a las mujeres.

Por: Alexander Escobar

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